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UN NUEVO HEREDERO

 

La paz firmada el 14 de octubre en el palacio de Schönbrunn privó a Austria de Salzburgo, Galitzia, parte de Carniola, Carintia y Croacia, el Friuli y Trieste, que aumentaron los territorios de las diferentes provincias del Imperio Francés.

Una absoluta falta de moderación caracterizó la operación de Napoleón, que dos días antes había escapado a un atentado del joven alemán Friedrich Staps y al que el creciente prestigio y popularidad de Fouché en Francia no contribuían, por cierto, a tranquilizarlo con respecto al futuro de su reino. Sólo él era el Imperio: si muriera todo se derrumbaría. Ya hacía tiempo que había madurado la decisión de divorciarse. María Waleska, en Polonia, esperaba un hijo de él y esto bastaba para acallar las voces que lo acusaban a él de la esterilidad del matrimonio con Josefina. Su poder se incrementaría si un nuevo matrimonio lo insertara en una de las dinastías legítimas de Europa.

El 26 de octubre de 1809 le comunicó la decisión a sus colaboradores más íntimos: se divorciaría de Josefina; pero había que esperar hasta el 30 para que se decidiera a darle la noticia a la directamente interesada. A pesar de las traiciones (por otra parte ampliamente recíprocas), los gastos locos, las deudas y la excesiva prodigalidad, la emperatriz había sido la mujer de su vida, en todo el sentido del término. Josefina se desesperó. Negó el consentimiento durante una semana y luego, como sabía que fuerte era en él el deseo de un heredero y qué importante era desde el punto de vista político, consintió.

El emperador y la emperatriz presentaron instancia de divorcio en el Senado, y al mismo tiempo pedido de anulación ante el arzobispo metropolitano de París. Ambas instancias escucharon y ratificaron: la primera el 16 de diciembre; la segunda, con una rapidez aún más asombrosa dado el procedimiento previsto, poco menos de un mes más tarde, el 12 de enero de 1810.

Se trataba de elegir a una nueva esposa. Napoleón renovó la petición ante la corte rusa para obtener la mano de la hermana del zar, Anna Pavlova. Casi seguro de un rechazo con pretextos, pero no menos humillante, se dirigió también a la corte austríaca y Metternich en seguida se mostró bien dispuesto. En el matrimonio de Napoleón con una princesa austríaca, el ministro vio la posibilidad para su propio país de una recuperaciónmás segura aunque no menos sujeta a control. La elegida fue la joven María Luisa, de diecinueve años, hija del emperador Francisco y sobrina de la última reina de Francia, María Antonieta.

  

El matrimonio se celebró en Viena por poder el 11 de marzo de 1810. Representaba a Napoleón el mariscal Berthier. La esposa se puso en viaje hacia Francia acompañada por un fastuoso séquito y llegó a Compiègne el 27 de marzo. El matrimonio se celebró civilmente en Saint-Cloud el 1 de abril y religiosamente en el Louvre al día siguiente, a pesar de que el esposo estaba excomulgado por el papa desde el 11 de junio de 1809.

La excomunión cayó sobre el emperador por que éste, después del Concordato de 1801, había desautorizado progresivamente a la Iglesia: contradiciendo las directivas del pontífice, Pío VII, declaró nulo el matrimonio de su hermano Jerónimo con Elisabeth Patterson; introdujo el divorcio en Italia; sustrajo Ancona del Estado pontificio; permitió a su hermano José, entonces rey de Nápoles, ocupar los puertos de Ostia y Civitavecchia; hizo ocupar Roma, disolvió la guardia papal e incorporó el ejército pontificio al francés. Finalmente, en Schöbrunn, el 17 de mayo de 1809, revocó la "Donación de Carlomagno" y de esa manera abolió el poder temporal de la Iglesia.

El papa de inmediato reaccionó a este insulto con la excomunión. El 6 de julio fue arrestado, enviado a Grenoble, luego a Aviñón, y finalmente confinado en Savona. A pesar de la censura de la policía francesa, la noticia de la excomunió se conoció en toda Europa.

 

 

Pero este "incidente" no afectó la moral de Napoleón: muy pronto María Luisa estuvo en cinta y él preparó un fastuoso ceremonial para el nacimiento del heredero. Una mujer tendría derecho a una salva de veintiún cañonazos. Un varón, el heredero, a ciento uno.

El parto fue muy doloroso y se temió por la vida de la madre y del niño. Napoleón ordenó que a toda costa se salvara a la madre. Finalmente todo se resolvió con felicidad. El 20 de marzo de 1811, ciento un cañonazos anunciaron a Francia y a Europa el nacimiento del "rey de Roma".

María Luisa había sido "construida" con el mismo cuidado con el que se crea un objeto precioso: desde su más tierna infancia todo se había estudiado para hacer de ella una instrumento que pudiera ser ventajosamente empleado para el desarrollo de la política austríaca. Estuvo sujeta a una educación rígida, espartana, monástica, y privada de la posibilidad de formarse ideas propias, pero instruida para expresarse correctamente en unas ocho lenguas, de manera que no se encontrara en dificultades cualquiera que fuera el país que las conveniencias de la política le asignaran como segunda patria. No se le había impuesto un credo religioso férreo –podía casarse con un cismático- pero sí una moral severísima: sólo se le permitieron animales de compañía de sexo femenino y las obras con las que se formó estaban sometidas a censura previa. Una vieja pariente había velado constantemente por ella, impidiéndole cualquier contacto con el mundo exterior. Sus distracciones: tocar el cémbalo, dibujar, cultivar flores. Se le permitieron poquísimos lujos: Austria estaba desangrada por las continuas guerras y sobre todo por las continuas derrotas.

Recordando los deslices de Josefina, Napoleón le construyó en París una jaula dorada que la encegueciera con el esplendor de las joyas más hermosas de la tierra y que la siguiera manteniendo en su estado de virginal servidumbre. Además interpuso entre el mundo y su consorte un complicadísimo ceremonial de etiqueta que le hizo imposible recibir a alguien sin estar acompañada: hasta en su lecho la emperatriz gozaba del servicio de sus "damas rosas", elegidas entre las duquesas más íntimas de ella.

Gustó a Napoleón porque su fascinación era exactamente la opuesta a la de Josefina. Era rubia, alta, con los ojos azules, la piel salpicada de pecas pero blanquísima, la sonrisa esplendorosa. "Cásate con una alemana", habría dicho el emperador a uno de sus amigos, "son las mejores mujeres del mundo, buenas, ingenuas y frescas como rosas".

En Napoleón, aunque él encarnara todo lo que su orgullo de aristócrata y austríaca le imponía odiar, María Luisa encontró un esposo suave y gentil, celoso y apasionado, y un padre afectuosísimo para el hijo que supo darle.

Con el nacimiento del rey de Roma, Napoleón se convirtió en el fundador de una estirpe soberana y llegó a la cima del poderío. Pero en Portugal Wellesley organizaba la próxima invasión de España, que por su parte aún resistía. El bloqueo continental provocaba cada vez más amplias diferencias entre los Estados interesados. Prusia rumiaba la venganza. El zar además no era un aliado de fiar. La prisión del papa había reabierto el problema de las relaciones con la Iglesia. Fouché, también él desautorizado, se unió a Talleyrand para tramar conjuntamente la venganza.

 

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