Página Principal  |   Hotmail  |   Compras  |   Messenger  |   Grupos y Gente
Windows Live ID
ir a MSN 
Página principal  |  Mis grupos  |  Ayuda  
 
Solo NapoleonSoloNapoleon@latam.msnusers.com 
  
Novedades
  Únete ahora
  Inicio  
  Mensajes  
  Imágenes  
  ¤Sólo Miembros¤  
  Vínculos  
  Frases celebres de Napoleon  
  Marie-Josèphe Tascher De la Pagerie  
  Los Caballos de Napoleon  
  Cronología Mundial de 1800-1821  
  El reto para Napoleón  
  Breve Biografia de Napoleon  
  LA INFANCIA DE NAPOLEÓN  
  Las Campañas de Egipto  
  Cónsul, Legislador y Administrador  
  Las Guerras Napoleonicas...  
  Biografia de Horacio Nelson  
  Guerra y Paz en la Europa Napoleonica Capitulo 1  
  EL CÓDIGO CIVIL  
  El apogeo del imperio Napoleonico  
  Pio VII  
  Un Nuevo heredero  
  Dos de los mejores generales de la historia  
  La Caida del Imperio Napoleonico  
  La Salud de Napoleón en Santa Elena  
  
  La Salud de Napoleón en Santa Elena 2da. parte  
  Testamento de Napoleon  
  La Mentira, La muerte de Napoleon  
  El Legado Napoleónico  
  La letra de Napoleon  
  Mitos,Secretos y curiosidades....  
  Libros sobre Napoleón Bonaparte  
  Peliculas sobre Napoleon  
  La Marsellesa  
  Libro Ðe visit@s  
  200 años, Napoleón descubre Egipto  
  Tumba de Napoleón en Los Inválidos  
  »-(¯`Napoleón´¯)-»  
  Napoleón y la campaña rusa de 1810  
  Las dos ultimas mujeres de Napoleón en Santa Elena  
  Relatos sobre Napoleón Bonaparte  
  Relatos sobre Napoleón Bonaparte II  
  
  
  Herramientas  
 

 La salud de Napoleón en Santa Elena

(Primera parte...)

 


Sin lugar a dudas, Napoleón ha sido uno de los hombres más célebres de todos los tiempos. Discutido, eso sí, según los diferentes prismas bajo los cuales ha sido observado: grandioso para algunos, ambicioso oportunista para otros, libertador de los pueblos, según aquellos, o despótico tirano al hilo de la apreciación rigurosa de no pocos historiadores.
De lo que no cabe duda es de que fue hijo de la Revolución de 1789. Sólo un terremoto semejante pudo estremecer de tal modo a la sociedad francesa para que aquel extranjero (era corso y, por tanto, no propiamente francés en sentido estricto) de baja estatura, ignorante, desaseado y retraído, pudiera hacerse con todo el poder y proclamarse emperador de Francia, concentrando en su persona más poder que los propios Borbones.
Efectivamente, la caída del Antiguo Régimen propició un vacío de poder que abrió las puertas al genio y la audacia de gentes que, en otras circunstancias, habrían pasado por la vida sin pena ni gloria, determinados por su humilde origen o por la rigurosa mediocridad de los escalafones.
Este fue el caso de Napoleón Bonaparte, jovencísimo general del Directorio, quien obtuvo clamorosas victorias contra los enemigos de Francia cuando, desde los estados fonterizos, pretendían aniquilar los gérmenes de la Revolución.
A los treinta años se nombró cónsul y señor de Francia, después de su aventura en Egipto (saldada con una derrota), donde demostró una crueldad despiadada ordenando masacrar miles de turcos en Jaffa, al mismo tiempo que impulsaba la actuación de sabios y científicos en la investigación de la civilización de aquel pueblo milenario.
Derrotó de nuevo a todas las testas coronadas de Europa y se autoproclamó emperador de los franceses asentando los cimientos de una nueva nación con su código napoleónico, su universidad y escuelas y su moderno sistema de administración.
Desmesurado en todo, no tardó en perder su imperio en las heladas estepas rusas y en los desfiladeros españoles. Desterrado en la isla de Elba, lo recuperó durante cien días y, al final, lo hundió de nuevo en Waterloo, cuando aún no había cumplido cuarenta y seis años.
El destierro
a Santa Elena
Tras la derrota de Waterloo el ejército de Francia perdió su moral frente a los aliados. Apenas un mes más tarde entraban en París terminando con cualquier atisbo de resistencia.
Napoleón se refugió en la isla de Aix, en la desembocadura atlántica del río Gironde, bloqueada por los navíos ingleses.
Alguien le propuso embarcarse rumbo a los Estados Unidos de América, a los que Francia había ayudado en su lucha por la Independencia frente a Inglaterra.
Pero el declinante emperador prefirió entregarse precisamente a sus más tenaces enemigos, esto es, a los ingleses, antes que caer en manos de los Borbones restaurados en Francia o en las del zar de los rusos, Alejandro I.
Así, embarcó en el "Belerophon", navío que encabezaba el bloqueo británico de Aix, y en él cruzó el canal de la Mancha, recalando en el puerto inglés de Torbay primero y de Plymouth después.
Allí le llegó la noticia según la cual los aliados habían decidido desterrarle a Santa Elena, una isla perdida en medio del Atlántico, a seis mil quinientos kilómetros de Inglaterra, dos mil novecientos de Sudamérica y dos mil ochocientos de Ciudad del Cabo, en Sudáfrica.
Santa Elena, descubierta por los portugueses en 1503, pertenecía en aquellos momentos a la East India Company británica, y era un punto estratégico de avituallamiento para los navíos que hacían la ruta del cabo de Buena Esperanza camino de las islas de las especias, el Índico y el Pacífico.
Su aspecto era poco tranquilizador: "El diablo debió cagarse en esta isla al volar de un continente a otro", dijo algún pasajero del "Northumberland", el barco que les transportaba.
Napoleón en su séquito (tres o cuatro militares y doce criados) contó con la presencia de un médico cirujano irlandés, Barry O’Meara (1786-1836), facultativo del "Bellerophon", el primer navío inglés que pisó el corso camino del exilio.
En aquellos tiempos, tanto el ejército de tierra como la marina contaban con un plantel de médicos-cirujanos realmente notable.
En la campaña de Rusia destacó, por ejemplo, el gran Larrey, cuya habilidad en las amputaciones, por ejemplo, alcanzó tintes legendarios, y que observó cómo el frío próximo a la congelación actuaba como eficaz anestésico.
No olvidemos tampoco que el mismo Pierre Fauchard sirvió en la marina francesa, donde tuvo por maestro a Alejandro Portelet, cirujano mayor de los Buques del Rey, facultativo muy experto en las enfermedades de la boca y quien le transmitió el entusiasmo por el arte dental.
Pues bien, Napoleón simpatizó en el "Bellerophon" con O’Meara y le pidió que le acompañara a Santa Elena, cosa que hizo desde 1815 hasta 1818, año en que abandonó la isla.
En 1822 redactó unas memorias de esa época que tituló "Napoleón in exile" donde dio cuenta de su actuación profesional al servicio de tan especial paciente.
De todos modos, cabe reflexionar, llegados a este punto, sobre el desvalimiento de Napoleón en su postrera etapa, ante la cual le dejaran solo tantos y tantos personajes que le debían absolutamente todo lo que eran y lo que habían alcanzado en la vida, comenzando por su familia (esposa incluida, la emperatriz María Luisa, que se negó a acompañarle a la isla de Elba, primero, y a Santa Elena, después) y terminando por grandes mariscales, científicos, escritores y artistas.
Por eso, tampoco pudo llevarse a ninguna gran figura de la medicina francesa del momento (Covisart, por ejemplo, que había sido su médico de cabecera en París) ni tampoco al facultativo que le atendió en la isla de Elba y durante los cien días, Foreau de Beauregard, porque pidió muchísimo dinero por desplazarse, y hubo de conformarse con el experto médico-cirujano naval, el ya mencionado O’Meara, protestante irlandés de veintinueve años, cuya ventaja notoria era que hablaba fluidamente el italiano y que, por tanto, podía entenderse perfectamente con el emperador exiliado.


La dentadura de Napoleón


Sobre si Napoleón fue un hombre saludable o enfermizo se ha escrito mucho. Algunos le han colgado el estigma de la epilepsia y refieren episodios comiciales con pérdida del conocimiento, convulsiones, babeo, etc. Otros han afirmado que padeció sífilis, tuberculosis, paludismo... No falta quien asegura que en la famosa pose con la mano metida entre los botones de su chaleco se debía a la sarna que devoraba su piel.
En cuanto a la dentadura, los testimonios son muy dispares. Se sabe que su dentista de confianza en París fue Dubois Foucou (uno de los que pleiteó con Dubois de Chemant a propósito de la invención de los dientes de porcelana).
Dubois Foucou habia sido dentista de Luis XVIII.
En 1902 la revista francesa L’Odontologie (156-V-02: 457) recogió varias opiniones sobre la dentadura de Napoleón emitidas por varios contemporáneos, incluidas en el libro de lord Rosebery Napoleón, su derniere phase (Napoleón, su última fase).
El capitán Mortland, cuando el ilustre prisionero subió al "Bellerophon", aseguraba que "sus ojos eran gris claro y sus dientes buenos".
Otro oficial, Senhouse, decía que tenía "los ojos azules y los dientes estropeados".
Según Bunbury, "Napoleón tenía los ojos grises y los dientes feos y sucios".
Lady Nacolun había visto un Napoleón con los ojos grises y los dientes blancos e iguales, aunque pequeños.
Como puede observarse, ni la descripción de los ojos ni la de los dientes coincide, aunque la salud de estos últimos no debió ser mala, ya que perdió la primera muela (la del juicio) a los cincuenta en Santa Elena.
Una muela perdida
Al contrario que su primera esposa, la criolla Josephine, cuyos problemas bucodentarios ya he comentado en otras ocasiones, Napoleón no padeció especiales quebrantos en su dentadura o al menos no nos han sido transmitidos por sus médicos o allegados.
De él sabemos que gustaba de la buena mesa y que, como cualquier burgués del momento, saboreaba humeantes tazas de chocolate, café y té tras copiosas comidas donde no faltaban las carnes de todo tipo de animales terrestres, volátiles y acúaticos, verduras, hortalizas, salazones, confituras, conservas, etc.
Bebía vino con moderación, el famoso Chambertin, mientras pudo consumirlo en Francia. En Santa Elena degustó el "Vin de Constance" traído para él expresamente de Sudáfrica.
Nunca faltó en sus bolsillos una cajita de rapé que esnifaba de vez en cuando y otra de regaliz con pequeñas tabletas para degustar pausadamente y regalar a los niños que pretendía distinguir.
En Santa Elena su primera morada fue la casa de la familia Balcombe, un oasis de vegetación en medio de la desolación del islote.
Allí hizo amistad con una hija de sus anfitriones de dieciséis años, Betsy Balcombe, que después escribiría un libro titulado Recollections of the emperor Napoleon, firmado con el nombre de señora de Abell, en 1844.
Aparte de O’Meara, Betsy hace también referencia al episodio de la pérdida de una muela del vencedor de Austerlich.
Al parecer, la muela le causaba continuos dolores que no cedían con los remedios prescritos por O’Meara, cataplasmas de cebada y tintura de opio.
Los episodios se repitieron varias veces a lo largo de 1815 y de los primeros meses de 1816.
La salud general del ilustre paciente era en aquellos momentos bastante buena. Aparte de su estreñimiento crónico que aliviaba tomando su remedio preferido "soupe a la reine", preparado con leche, yema de huevo y azúcar, apenas algún que otro dolor de cabeza le mortificaba de vez en cuando.
Por eso, la dichosa muela llegó a ser un incordio para alguien que había demostrado incontables veces su valor personal cabalgando en primera fila de las batallas (mientras los generales enemigos se protegían en sótanos y bodegas) u ofreciendo el pecho desnudo a los fusiles de los contrarios (como hizo ante los soldados enviados por Luis XVIII a detenerle cuando, fugado de Elba, se dirige a París para recuperar el poder —"Tirad sobre vuestro emperador"— les dijo, abriéndose la camisa. Ni que decir tiene que ante este gesto de gallardía los soldados bajaron sus fusiles y se pasaron a su lado).
Napoleón no aguantaba más y exigió a O’Meara que terminara de una vez con sus sufrimientos.
"Eso sólo se puede conseguir arrancándola, Excelencia", le informó el cirujano.
O’Meara llamaba Excelencia a Napoleón y, a veces, Emperador, contra las instrucciones del gobernador inglés sir Hudson Lowe que pretendía hacer olvidar esos tratamientos, lo cual mortificaba sobremanera al corso, a quien se conocía en Inglaterra como el "huesudo" y el "ogro".
—¿Arrancándola?— inquirió por ganar tiempo.
—Eso es, Sire— recalcó el irlandés—, extraerla o avulsionarla, si os parece mejor.
—No bromeéis, monsieur, con estas cosas, os lo ruego— cortó Napoleón desabrido.
De todos era conocida la aversión que dispensaba a los médicos y a la Medicina. En cierta ocasión, expresó gráficamente su opinión a O’Meara en los siguientes términos: "En el otro mundo, los médicos tendrán que responder de más vidas que nosotros, los generales... Cuando (los médicos) mandan a una serie de almas al otro mundo, sea por ignorancia, error o por no haber analizado como correspondía sus quejas, se muestran tan indiferentes y despreocupados como un general que conozco, que perdió tres mil hombres en tomar por asalto una colina. Cuando lo logró, después de varios intentos desesperados, observó con sangre fría: ýVaya, no era esta la colina que quería tomar; no sirveý y retornó a su posición anterior."
Al médico irlandés curtido en las soledades de las grandes travesías marinas, estas razones no le conmovían.
—¿Cuántas amputaciones habéis hecho?—le había preguntado al conocerle Napoleón.
— Muchas— le contestó.
Y era cierto, efectivamente. Muchas veces había tenido que cercenar algún brazo o alguna pierna a diversos marineros heridos en combate o lastimados durante sus faenas a bordo, en ocasiones peligrosas.
La amputación era una operación terrible y carnicera. Había que darse prisa, cortar las partes blandas con un enorme cuchillo y luego quebrar el hueso con una sierra sin ablandarse ante los aullidos del paciente.
Rápidamente también había que interrumpir la copiosa hemorragia cubriendo con telas el muñón y apretándolo con cuerdas de esparto, como si de una morcilla se tratara.
Luego, a esperar la intervención divina, pues sin ellla la mayoría de los mutilados moría a cuenta de la infección, los dolores, la gangrena...
Napoleón conocía muy bien este proceso. Lo había visto infinidad de veces en los hospitales de campaña. Criticaba a los médicos y, sin embargo, él fue la causa de infinitos sufrimientos.
—Es una barbaridad— continuó refiriendose a la insinuada extracción —,casi casi una verdadera amputación— añadió llevándose la mano a la mejilla.
—Pues eso es lo que hay, Sire— concluyó O’Meara dibujando en el aire una parábola como quien arranca un objeto con el puño.
Trabajo costó convencer al obstinado paciente.
—Ustedes matan a la tercera parte de los pacientes que tratan— se defendía.
El 11 de abril de 1821, a escasas fechas de su muerte (moriría el 5 de mayo), su médico postrero, Antommarchi, y sus ayudantes se vieron obligados a darle ejemplo tomando antes que él una mezcla antiemética y anodina.
—Primero drogue a estos sinvergüenzas— le dijo —y después a usted mismo, ya que todos lo necesitan.
Y todos probaron la poción para picar su orgullo y al final consintió en tomarla.
Respecto a la extracción, no se llegó a tanto como había sucedido con Isabel I de Inglaterra, que necesitó el ejemplo del obispo de Londres, quien se sometió voluntariamente a la temida operación para estimular a su soberana.
Nadie sacrificó en este caso pieza alguna para animar a Napoleón, pero Betsy Balcombe recuerda en sus memorias cómo siguió quejándose después de la intervención y cómo ella le martirizaba preguntándole si no sentía vergüenza por ello quien había participado en tantas batallas.

 

    
 

Advertencia: Microsoft no se hace responsable del contenido de este grupo. Haz clic aquí para obtener más información.
 MSN - Conviértala en su página principal
    Página Principal  |   Hotmail  |   Buscar  |   Compras  |   Messenger  |   Grupos y Gente
Sugerencias   |   Ayuda  
   ©2004 Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos.   Condiciones de uso   Anuncie   Directiva de privacidad