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La expansión imperial

 

La guerra fue, para la Francia revolucionaria y napoleónica, un hecho habitual. Desde 1792 hasta 1815 no hubo un solo año en el que no estuviese en guerra con alguno o varios de los estados europeos. Inicialmente, guerra defensiva, frente a Prusia y Austria (1792) y luego (desde 1793), contra la mayoría de potencias europeas, unidas en la Primera Coalición; guerra que pronto fue victoriosa --debido a la superioridad de un ejército nacional, frente a unos ejércitos tradicionales, con tropas no motivadas--. Como resultado de las primeras victorias, comenzó la expansión: tratados de paz con Toscana, Prusia, Holanda y España (Basilea, 1795). Razones de interés estratégico (fronteras), económico (mercados para suministrar materias primas y absorber manufacturas francesas) y financiero (ingresos) explican la guerra de expansión. Pero la ocupación permanente de nuevos territorios obligó a mantener un ejército numeroso y, para aligerar el coste de esta manutención, a procurar sostenerlo sobre territorios enemigos, lo que produjo resistencias entre la población afectada, que obligaron a incrementar la presencia militar, círculo vicioso que un historiador ha calificado como "ciclo infernal de la guerra". Este capítulo intenta describir los acontecimientos militares y diplomáticos enmarcados entre el final del siglo XVIII y la caída del régimen napoleónico, con el objetivo de ofrecer unas referencias espaciales y temporales que ayuden a situar en un contexto preciso el contenido de los siguientes capítulos.

Las primeras conquistas

Tras los tratados de 1795, sólo Gran Bretaña y Austria mantenían hostilidades con Francia. La rivalidad francobritánica iba a ser una constante a lo largo de casi todo el período, como lo había sido durante el siglo XVIII, que respondía al conflicto de intereses entre un estado --el británico-- que intentaba asegurar el control de los mares para proteger sus colonias y las rutas comerciales y otro estado --Francia-- con vocación continental pero también con aspiraciones de potencia colonial y, lo que era más peligroso para Gran Bretaña, que amenazaba con controlar la costa del mar del Norte, con lo que ello significaba de peligro directo para la seguridad británica e, indirectamente, a través de un hipotético control de Holanda y de su flota, de dominio del mar.

Contra Austria, el Directorio proyectó la campaña de 1796: ataque sobre Austria desde Alemania (dos ejércitos, al mando de Jourdan y Moreau, debían converger desde el Rin hacia Viena) y, secundariamente, desde Italia (operación encargada al entonces joven general Napoleón Bonaparte). Mientras la campaña de Alemania produjo resultados decepcionantes, en Italia, en 20 meses (marzo de 1796 a noviembre de 1797) Bonaparte decidió la lucha (victorias de Lodi, Arcole y Rivoli) y, demostrando ambiciones más allá del terreno militar, reestructuró, con independencia del Directorio, el mapa de Italia: la paz de Campoformio impuesta a Austria (octubre de 1797) suponía por parte austríaca el reconocimiento de la República Cisalpina, extendida sobre territorios del norte y centro de Italia, la cesión de Bélgica a Francia y la aceptación de la anexión francesa de la orilla izquierda del Rin, a negociar en sus términos concretos con el Sacro Imperio.

Tras Campoformio, sólo Inglaterra se mantuvo enfrentada a Francia. Pero la política de expansión territorial del Directorio --intervención en Suiza, en favor de un República Helvética (1798); invasión de los Estados Pontificios y proclamación de la República Romana (1798); ocupación militar del Piamonte (1798)-- y la personal aventura de Napoleón en Egipto (1798-1799), saldada con un fracaso militar pero con un incremento del prestigio personal, acabaron propiciando una Segunda Coalición antifrancesa (noviembre de 1798), con Gran Bretaña, Rusia, Austria, Turquía y Nápoles como participantes. Las hostilidades se iniciaron en Italia y fueron los Borbones napolitanos, tradicionales aliados de Gran Bretaña, quienes imprudentemente rompieron el fuego. La fulminante reacción francesa (ocupación de Nápoles, en enero de 1799, y creación de la República Partenopea) provocó la intervención austríaca y el repliegue francés en todos los frentes, hasta que el regreso de Napoleón de Egipto y su acceso al poder como miembro prominente del Consulado (18 Brumario: 9 de noviembre de 1799), junto con la falta de entendimiento entre austríacos y rusos, dieron un nuevo giro al curso de la guerra: Austria, derrotada en territorio italiano por Napoleón (Marengo, junio de 1800) y en su propio suelo por Moreau (Hohenlinden, diciembre de 1800), tuvo que aceptar una paz (Lunéville, febrero de 1801) que mejoraba en favor de Francia los términos del tratado de Campoformio: control del norte de Italia (excepto parte de Venecia) e influencia sobre el centro, a través del nuevo reino de Etruria, así como afianzamiento en la totalidad del curso izquierdo del Rin. Al mismo tiempo, Francia se atrajo a la monarquía española, cuya alianza interesaba para contrarrestar el poderío naval británico y presionar sobre Portugal, aliado de Gran Bretaña (tratado de Aranjuez, 1801). La subsiguiente acción contra Portugal (guerra de las Naranjas, 1801), concluida rápida y victoriosamente (tratado de Badajoz, 1801: cesión de una parte de Guayana a Francia y de la plaza de Olivenza a España y cierre de los puertos portugueses a Inglaterra), valió a Godoy el título de príncipe de la Paz.

El aislamiento británico a que dieron lugar estos acontecimientos se reforzó con la formación de una Liga de neutrales (diciembre de 1800), en la que los países del norte (Rusia, Suecia, Dinamarca y Prusia), a iniciativa de Rusia, se unieron para contrarrestar la prepotencia de la política de navegación británica, que no aceptaba el comercio de mercancías con Francia bajo pabellón neutral. El cierre del Báltico y de los ríos alemanes al comercio británico, decidido por la Liga, produjo la reacción británica (bombardeo de Copenhague, 1801) que, junto con el asesinato de Pablo I (1801), odiado por la aristocracia rusa por su despotismo sanguinario y porque la ruptura con Gran Bretaña impedía la exportación del grano y madera de sus propiedades, acabaron con la Liga de neutrales. A pesar de este éxito, y pese a los logros en el Mediterráneo oriental (ocupación de Malta, capitulación de los franceses en Egipto), las dificultades internas (carestía y costes de financiación de la guerra) propiciaron la retirada de Pitt (1801), el más firme partidario de la lucha contra Francia, y abrieron el camino a la firma con Francia del tratado de Amiens (abril de 1802), sobre la base de la restitución de Egipto al imperio turco, la evacuación de Malta y la devolución de Nápoles a los Borbones y de las conquistas coloniales británicas. Pero, a falta de una definición sobre la naturaleza de las relaciones comerciales y a la vista de las insaciables apetencias territoriales de Francia, la situación de paz en Europa inaugurada en Amiens tenía un carácter provisional.

1802-1805: entre la paz y la guerra

En unos años en que Napoleón iba adquiriendo poder absoluto (cónsul vitalicio en 1802, emperador en 1804), la política exterior francesa giró --como lo habría de hacer hasta 1814-- en torno a su voluntad. Y esta voluntad era ambición de expansión sin límites. De ahí que ninguna situación fuese estable, ningún objetivo alcanzado fuese objetivo final. De ahí, también, el casi perpetuo enfrentamiento con coaliciones (en las que Gran Bretaña se juntó con las monarquías continentales) que mantuvo a expensas de los resultados en los campos de batalla la pervivencia del propio Imperio napoleónico. Entre 1802 y 1805, la presión francesa rompió el precario equilibrio de Amiens: reorganización del espacio italiano con la creación de un República italiana, sobre los límites, engrandecidos, de la República Cisalpina, con Bonaparte como presidente (1802), y con la incorporación a Francia del Piamonte y de la isla de Elba (1802) y la ocupación de Parma (1802); reestructuración del ámbito alemán (dieta de Ratisbona [Rastatt], 1803), mediante la desaparición de numerosos pequeños estados, en su mayoría clientes de Austria, el fortalecimiento de los estados meridionales (Baviera, Baden, Württemberg), aliados de Francia, y el rechazo de Prusia hacia el este; intervención en Suiza (incorporación de Ginebra e imposición a la República Helvética del Acta de mediación, en 1803); reconstitución del dominio colonial heredado de la monarquía, en el que se reimplantó en 1802 la esclavitud.

El mantenimiento de la paz en estas condiciones no interesaba a Gran Bretaña, pues, lejos de restablecerse el equilibrio de poder, Francia acentuaba su hegemonía en el continente y se convertía en una amenaza para la seguridad de las colonias británicas, dado el fortalecimiento de la marina francesa y la posesión de hecho de la colonia de El Cabo, gracias al control de la República Bátava. Si a todo ello sumamos las desventajas comerciales que para Gran Bretaña suponía el mantenimiento del proteccionismo en Francia y su extensión a los territorios por ella controlados, podemos entender que triunfasen las posiciones favorables a la reanudación de la guerra, simbolizadas en el retorno de Pitt al poder (mayo de 1804).

Pero hasta 1805 la guerra se mantuvo en estado larvado, pues ni Gran Bretaña tenía recursos para imponerse en solitario a Francia en el continente, ni ésta podía hacerlo sobre su rival sin disponer del dominio del mar. Para desbloquear esta situación Francia precisaba del control cuando menos temporal del canal de la Mancha, para facilitar la invasión de la isla; Gran Bretaña, por su parte, necesitaba formar una coalición continental contra Francia. En tales direcciones se encaminaron los esfuerzos de ambos países. Francia contó desde 1804 con el apoyo de la escuadra de España, de nuevo en guerra con los británicos a causa de la captura de buques españoles por la flota de su rival y del interés de Godoy por asegurarse su propio futuro político con el apoyo francés. Esta circunstancia le permitió activar el viejo proyecto de desembarco en las costas de la otra orilla del Canal, pero para su ejecución requería alejar, siquiera momentáneamente, la escuadra británica de la vigilancia del canal de la Mancha. Para conseguirlo se ideó atraer la atención del adversario con una expedición a las Antillas que regresase a Europa antes que sus perseguidores y, junto con el resto de la flota, forzar el paso del canal aprovechándose de las condiciones temporales de superioridad. La indecisión del almirante francés Villeneuve impidió explotar la sorpresa inicial y la flota conjunta francoespañola, bloqueada en las cercanías de Cádiz, fue desmantelada por la escuadra británica a las órdenes de Nelson en la decisiva batalla de Trafalgar (octubre de 1805), que aseguró a los británicos una superioridad marítima incontestada a partir de entonces, lo que descartaba cualquier futura victoria francesa por la vía rápida y obligaba a Francia a replantear una estrategia que, en los siguientes años, se centró en la lenta asfixia económica del rival mediante el bloqueo de su comercio.

 

  

© Esteban Canales. Junio 2000

http://seneca.uab.es/historia/enacap2.htm   

 

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