El legado napoleónico
El Imperio se hundió en mayo de 1814 y, de forma definitiva, en junio de 1815. Seis años más tarde moría Napoleón, en el destierro de Santa Elena, muy lejos de una Europa en la que parecían haber triunfado las viejas monarquías del Antiguo Régimen y los principios políticos y sociales que las inspiraban. Pero, más allá de la muerte física del Emperador, sobrevivió su leyenda, capaz todavía de movilizar a sus compatriotas décadas más tarde, y, lo más importante, sobrevivieron buena parte de las reformas que habían transformado a Europa y de los ideales que las inspiraron. La herencia napoleónica, la herencia de la Revolución y del Imperio, cualquiera que sea la valoración que merezca, sin lugar a dudas marcó profundamente la historia contemporánea.
El hombre y el mito
Como otros grandes personajes históricos, Napoleón Bonaparte tiene un papel tan destacado en la época en la que vive que parece, con su sola presencia, llenar el escenario y hacer girar a su alrededor el argumento del drama, incluso escribirlo. Pero esta impresión no es del todo correcta: Napoleón fue un hombre de su época y, en este sentido, estuvo condicionado por la sociedad en la que vivió, aunque su singularidad, sus dotes personales, le permitieron explotar al máximo las oportunidades que la situación ofrecía a quien, como él, fuese un joven militar ambicioso en una Francia en expansión y que a la vez deseaba encalmar la Revolución. En 1796 Napoleón, hijo de una familia de la pequeña nobleza de Córcega (los Buonaparte), nacido en 1769, era uno de los jóvenes militares promocionados por la revolución y llegados al generalato antes de los 30 años. Hasta entonces, se había movido primero entre los círculos patriotas corsos en los años iniciales de la Revolución, frente a realistas y, luego, a independentistas que se oponían al mantenimiento de los vínculos con el estado francés, al que la isla había sido incorporada en 1768. Tenía en su haber una acción distinguida en el sitio de Toulon (1793), al frente de la artillería, enturbiada por sus simpatías con la izquierda robespierrista, que le supusieron una marginación temporal con el régimen surgido de Termidor (1794), situación de la que salió al intervenir de forma destacada en la represión de la insurrección realista de Vendimiario (octubre) de 1795. Por entonces, ya olvidadas sus simpatías jacobinas, entró en relación con Barras, uno de los hombres fuertes del Directorio, y en 1796 se casó con Josefina, una criolla del círculo de Barras, viuda de un militar, lo que le ayudó a su inmediata promoción como general en jefe del ejército de Italia. Desde este momento su biografía se confunde progresivamente con la historia de la época, al tiempo que comienza a crearse la leyenda napoleónica merced a la habilidad con la que el joven general sabe hacer propaganda de sus éxitos.
Tras su ascenso al poder, la figura de Napoleón fue oportunamente ensalzada por la historiografía militar oficial, mientras se difundía el culto del Emperador a través del Catecismo imperial, la fiesta de San Napoleón (el 15 de agosto, en lugar de la Asunción) o las múltiples acciones de gracias (que incluían un Te Deum anual conmemorativo del triunfo de Austerlitz) y proliferaban las representaciones pictóricas de Napoleón, como héroe conquistador o como majestuoso emperador. Su abdicación y posterior exilio a Santa Elena no acabaron con la exaltación napoleónica. Al contrario, las tristes condiciones de su confinamiento, unidas a las difíciles circunstancias económicas de la Francia de los primeros años de la Restauración y a los temores que despertaba el revanchismo de los realistas, dieron pie a que se propagase la leyenda napoleónica a través de los relatos de los veteranos de las campañas militares y de los escritores románticos. El mismo Napoleón aprovechó su destierro para contribuir a su propia leyenda, al presentarse en las conversaciones con Las Cases (publicadas póstumamente en 1823 con el título de Memorial de Sainte-Hélène) como defensor de los principios de 1789, partidario del liberalismo y de la libertad de los pueblos y obligado a entrar en continuas guerras por la coalición de las potencias reaccionarias. En lo sucesivo, los años napoleónicos quedaron mitificados como una época dorada, en la que la grandeza de la nación francesa se acompañó de la prosperidad de quienes vivían en ella. De este mito, y de su calado entre las clases populares rurales, se habría de aprovechar Luis Napoleón Bonaparte, sobrino de Napoleón, para acceder, tras la revolución de 1848, a la presidencia de la nueva República y para fundar, tras un nuevo "Brumario", el Segundo Imperio.
Más allá de 1815: la herencia napoleónica
Por encima del mito, lo que importa es conocer cuál fue el significado real de la época napoleónica, qué legado, ideológico y material, dejó a la posteridad. Podría parecer, a la vista de la rápida reposición de las viejas monarquías conservadoras europeas y del clima de reacción que se instaló en Europa a partir de 1815, que los años napoleónicos, y por extensión el mismo período revolucionario, fueron episodios tan espectaculares como poco consistentes. Pero es una impresión engañosa, porque, pese a la pretensión de los gobernantes que, reunidos en el Congreso de Viena, trazaron las líneas de la Europa de la Restauración, ésta no pudo eliminar la impronta del cuarto de siglo anterior. En efecto, tanto en el ámbito territorial y político como en el terreno administrativo, fiscal o jurídico, así como en el de las relaciones sociales, perduraron las huellas dejadas por la época revolucionaria y napoleónica.
La reordenación del mapa territorial, aunque devolvió a Francia a sus dimensiones previas a la expansión y acabó con los estados satélites del Imperio napoleónico, introdujo cambios sensibles respecto a la situación prerrevolucionaria: además de cuestiones de detalle (como las incorporaciones a Francia del condado papal de Aviñón o enclaves fronterizos en Alsacia y Lorena), una considerable simplificación del mapa alemán, la reunión de las Provincias Unidas y de los antiguos Países Bajos austriacos en un único estado (el reino de los Países Bajos) y el reconocimiento de buena parte de las adquisiciones coloniales británicas conseguidas en las guerras con Francia. Más que un retorno a 1789, la caída del Imperio fue para las potencias vencedoras (Gran Bretaña, Rusia, Austria y Prusia) la ocasión de rehacer en su provecho las fronteras europeas y coloniales. En el terreno político, junto a la restauración de las monarquías absolutas (como los Borbones españoles y napolitanos) se produjo la aceptación de los principios constitucionales, tanto en el caso francés (en forma de Carta otorgada por el monarca) como, de manera más clara, en el reino de los Países Bajos.
La obra de reforma institucional napoleónica estuvo lejos de abolirse en su totalidad. Perduraron en Francia sus líneas maestras: la división departamental, con la centralización administrativa que comportaba, el Código Civil, la reforma fiscal, el Concordato, la organización de la enseñanza. Pero también en otros estados europeos el impulso de racionalización y centralización de sus instituciones debió mucho al período napoleónico, a las reformas que los gobernantes de las áreas sujetas a la influencia del Imperio introdujeron o a las que, en busca de la propia supervivencia como estado, otros gobernantes se vieron obligados a implantar.
El caso de Prusia es significativo en este último sentido: la situación límite a que se había visto abocada tras las derrotas de 1806 y la paz de Tilsit (1807) propició la puesta en práctica de unas reformas que, sin poner en peligro sus bases sociales, permitirían, en un primer momento, afrontar las exigencias económicas de los franceses y, más adelante, oponerse con éxito a ellos; la transformación del viejo ejército de Federico el Grande fue, como ya vimos, parte de este proceso; pero también se incluyen en él cambios en la estructura de gobierno y en la administración local, que mejoraron su funcionamiento aunque sin introducir mecanismos importantes de representatividad, modestos --y pasajeros-- esfuerzos por implantar un impuesto sobre la renta y una contribución agraria que acabasen con el privilegiado tratamiento de la nobleza, y una abolición de la servidumbre (edicto de 1807 y posterior regulación en 1811) que, a juicio de la reciente historiografía alemana, supuso, además de la eliminación de los vínculos de dependencia, el acceso a la propiedad de una parte importante del campesinado, a pesar de la interpretación restrictiva que se introdujo en 1816, cuando ya no era necesaria la colaboración campesina en la guerra. El caso español, más conocido, es igualmente significativo: la obra de reforma de los organismos centrales de la resistencia contra la presencia francesa, simbolizada en la legislación de las Cortes de Cádiz (Constitución de 1812, abolición del régimen señorial y de la Inquisición) perduró, más allá de los episodios absolutistas (1814-1820 y 1823-1833), a través del Trienio Constitucional (1820-1823), para configurarse como patrimonio del régimen liberal que se instaló tras la muerte de Fernando VII (1833).
Los efectos de la reforma institucional repercutieron sobre las sociedades de forma a veces más duradera que la propia pervivencia de las instituciones. De manera general, podría decirse que sentaron las bases de la sociedad del siglo XIX: unas clases propietarias en las que las diferencias entre la vieja nobleza y la burguesía se estaban difuminando, unas distinciones basadas más en la fortuna --en la propiedad-- que en los privilegios, un marco propicio para el desarrollo de la iniciativa privada y la economía de mercado, dentro del cual se desarrollaría el proceso de industrialización.
En el terreno de las ideas, la época napoleónica también contribuyó a diseminar la semilla del liberalismo y del nacionalismo procedente de la Revolución Francesa. También aquí la aportación napoleónica resultó paradójica en la medida en que no fue solamente la aplicación de estas ideas en las áreas de influencia lo que aseguró su difusión, sino la reacción suscitada por el comportamiento del régimen napoleónico a la hora de hacer efectivos estos principios, lo que facilitó el arraigo de los mismos. Pero tampoco conviene exagerar la influencia francesa en la gestación de unas corrientes que también bebían de otras fuentes: en el caso del liberalismo, la corriente anglosajona, en la doble vertiente norteamericana y británica, pues no hay que olvidar que la Revolución americana había precedido a la francesa, y que en Inglaterra existía un régimen constitucional peculiar, cuyo origen se remontaba a la segunda mitad del siglo XVII, y una corriente partidaria de la ampliación de las libertades políticas vinculada a la burguesía de confesión religiosa disidente; en el caso del nacionalismo, junto al filón revolucionario francés, el de la nación como conjunto de ciudadanos libres y soberanos, también existía la veta de origen alemán, la del "volkgeist" de los filósofos e intelectuales románticos de fines del siglo XVIII, idealista y apegada a las tradiciones lingüísticas y culturales.
Una última consideración a efectuar dentro de este apartado es la herencia material, medida en términos de costes y beneficios, recibida por Francia de los años napoleónicos. Costes humanos, en primer lugar: las bajas francesas durante las guerras habidas entre 1799 y 1815 se acercan al millón de personas, cifra considerable, desde luego, sobre todo tratándose de población joven, en su edad más productiva, pero que no bastó para variar significativamente la tendencia a un lento crecimiento que la población francesa venía ya manifestando con anterioridad. Más interesante, y más controvertido, es el tema de los costes económicos. La pregunta que se han hecho los historiadores es si el conjunto del período revolucionario y napoleónico acarreó el retraso económico de Francia, debido al coste de las guerras, a las dislocaciones del comercio internacional y de transmisión de conocimientos tecnológicos y, por encima de todo, a los efectos supuestamente negativos de unas reformas que, en lugar de conducir a la proletarización del campesinado y a la consolidación de la gran propiedad, favorecieron la persistencia de un campesinado en parte compuesto por pequeños propietarios, acarreó el retraso económico de Francia. Quizá baste con decir que, en la actualidad, está lejos de probarse la inferioridad en el largo plazo de la vía francesa, que en términos de crecimiento de la renta per cápita a lo largo del siglo XIX resiste la comparación con Gran Bretaña --el que sería modelo ejemplar, basado en la gran propiedad agraria con métodos de gestión capitalista y empleo de asalariados, y en el desarrollo de una producción fabril-- y que consigue este crecimiento con unos costes humanos menores en la medida en que se acompañó de menores dosis de desigualdad, explotación y desarraigo social.
Esta consideración puede servir para cerrar el capítulo, y el libro, con la obviedad de que la evaluación del período napoleónico depende de la perspectiva ideológica del observador, que inevitablemente tiene posiciones diversas ante el mismo fenómeno de la expansión mediante las guerras, la construcción de un estado autoritario o el esfuerzo de homogeneización y reforma del continente europeo acometido en aquellos años. Pero el observador también habrá de tener en cuenta que sus valores no tienen por qué coincidir con los valores de la época estudiada, y que lo que se hizo o dejó de hacer dependió mucho de unas circunstancias difícilmente modificables. Son éstos motivos más que suficientes para no juzgar la época, la Europa de 1799-1815, ni el personaje, Napoleón.
Informacion sacada de la Pagina:
http://galeon.com/circulo_napoleon/PAGINA2.htm creo.....