Omnia: La muerte del Emperador Napoleón

Por Luis Peralta
En la madrugada del 6 de mayo de 1821 moría, tras una larga y penosa enfermedad, Napoleón Bonaparte, antiguo emperador de los franceses, enemigo de los ingleses y uno de los estrategas más grandes de todos los tiempos.
El fallecimiento tuvo lugar en Santa Elena, una isla bri-tánica perdida en el Atlántico Sur, donde llevaba más de cinco años desterrado. Allí le había seguido un grupo de “fieles” que decidió acompañarle en su desgracia, aparte de varios ingleses que fungían como carceleros (Santa Elena es una isla situada frente a la costa oeste de Africa).
Napoleón enfermó a los pocos días de llegar a Santa Elena y durante los cinco años que pasó en la isla nunca llegó a recuperarse, no obstante su constitución fuerte y robusta, y a pesar de que apenas había comenzado a vivir la mediana edad (tenía 46 años).

Todos los médicos que le trataron (tanto ingleses como franceses) fueron incapaces de diagnosticar la enfermedad que le aquejaba.
Napoleón aseguraba que estaba siendo envenenado, incluso le pidió a su médico personal que si moría se realizara una meticulosa autopsia de su cadáver.
El médico cumplió sus órdenes y al rendir el informe correspondiente anotó: “fallecido a causa de un cáncer estomacal”.
Se especula que la verdadera causa de muerte fue una úlcera estomacal, pero dado que el padre de Napoleón había muerto de un cáncer del estómago, se decidió reportar su muerte como cáncer ya que parecería más lógico asociarla a un “mal de familia”.
El punto es que, tanto los franceses como los ingleses se sintieron aliviados con la muerte de Napoleón; fue el caso de los monárquicos franceses, al frente de los cuales se encontraba el impopular Luis XVIII, quien siempre vivió temeroso de un regreso del carismático Emperador.; y también los ingleses, que eran los responsables de atenderlo en el exilio, quienes se ahorraban los enormes gastos de su manutención. Y por último, sus propios compañeros de infortunio, que al fin podrían volver a Francia y dejar atrás las terribles condiciones del destierro.
En fin, con la muerte de Napoleón se daba por cerrado uno de los capítulos más apasionantes de la historia de Europa. Sin embargo, el Emperador nunca aceptó una derrota sin pelear, y no iba a hacerlo ante la batalla más importante de su carrera: la lucha por su propia vida.
Sus sospechas de que estaba siendo envenenado, lograron, a un siglo y medio de distancia de su fallecimiento, señalar al presunto asesino.
Esta es la historia de lo que siguió a su muerte
NACEN LAS SOSPECHAS
Un siglo y medio después de la muerte de Napoleón, el toxicólogo de origen sueco Sten Forshufvud, se interesó en el caso debido a que se habían realizado nuevos avances para detectar residuos de veneno en el cabello de los cadáveres.
En 1955 Forshufvud logró conseguir una copia de las memorias de Louis Marchand, el fiel ayudante de Napoleón que permaneció junto a él hasta su muerte.
En ellas Marchand narraba, con todo detalle, los últimos años de vida del Emperador y el proceso de su enfermedad.
Forshufvud comenzó a hacer anotaciones de los síntomas descritos por Marchand. De los 31 síntomas enlistados, 28 correspondían claramente al envenenamiento lento por arsénico.
Además, había otro señalamiento importante: Napoleón estaba obeso, y se sabe que los enfermos de cáncer suelen ser delgados.
Forshufvud no tenía ninguna duda sobre la causa de la muerte de Napoleón: envenenamiento por arsénico. La pregunta era, ¿habría forma de demostrarlo?
Para ello Forshufvud necesitaba una pequeña muestra del cabello de Napoleón, pero las autoridades francesas no iban a permitir la exhumación del cadáver. Así que recurrió a los parientes vivos de Marchand, el ayudante de Napoleón, quenes conservaban varios objetos del Emperador, entre ellos un sobre cerrado donde se leía “Cabellos de Napoleón, 6 de mayo de 1821”.
Forshufvud obtuvo una pequeña muestra de estos cabellos y el análisis confirmó sus sospechas: el pelo contenía trece veces más arsénico de lo normal.
Además las memorias de los otros acompañantes de Napoleon coincidían en que entre septiembre de 1820 y marzo de 1821 (seis meses), el Emperador había sufrido seis crisis graves de su padecimiento, o cual llevó a la conclusión de que el arsénico se le suministraba a Napoleón una vez al mes.
¿QUIEN LO HIZO?
Una vez que parecía que la hipótesis del asesinato era factible, restaba por plantear quién, cómo y por qué mató a Napoleón.
Una cosa parecía clara: el veneno se debió haber suministrado de manera disimulada en alguna comida o bebida que sólo ingiriera Napoleón (de otra manera habría enfermado a todos los habitantes de la casa).
Esto indicaba que el asesino había permanecido en la isla de Santa Elena todo el tiempo..
Todos ingerían los mismos alimentos, excepto el vino, que era enviado en barriles y que posteriormente era embotellado en la isla. El vino de ciertas barricas (vino de Constanza) era embotellado especialmente para el Emperador, quien tomaba uno o dos vasos diarios.
Se podían descartar los médicos, ya que ninguno estuvo junto Napoleón demasiado tiempo; y también sus carceleros que no residían en la casa del Emperador.
Es decir, Napleón debió ser traicionado por uno de sus colaboradores, y esto incluía a cinco personas: su ayuda de cámara, Luis Marchand; sus subordinados Abram Noverraz y Étienne Saint Denis, el mariscal Bertrand y el general Montholon.
Al estudiar uno a uno estos personajes se encontró un patrón común: todos eran reconocidos bonapartistas, todos habían salido de la nada y alcanzado su posición gracias a Napoleón, todos le habían servido fielmente en los buenos y en los malos momentos. Todos menos uno: Charles-Tristan de Montholon.
Por favor continúe la lectura en el partado titulado “El presunto…”.
CAUSA DIFERIDA
La investigación sobre la verdadera causa de la muerte de Napoleón inició en la ciudad inglesa de Glasgow, 140 años después del fallecimiento del Emperador.
En ese entonces (en la década de 1950), los toxicólogos ingleses G. Smith y S. Forshufvud, este último de origen sueco, acababan de terminar una investigación cuyos resultados permitieron llegar a la siguiente conclusión: el arsénico que de alguna manera penetra en el organismo humano se puede detectar en los cabellos.
De hecho, ahora se sabe que el cabello retiene la historia de una persona, incluyendo no sólo el registro de todas las sustancias que esa persona ingiere, sino los hábitos de esa persona a lo largo de toda su existencia.
La queratina capilar tiene la capacidad de almacenar los minerales y los tóxicos que estuvieron presentes en el organismo. De manera que su estudio permite conocer de qué se alimentó una persona, así como todos los productos que ha consumido, tanto si esa persona se encuentra con vida como si murió hace siglos.
El cabello es la “caja negra” donde se registran todos los placeres y pesares de la vida de un individuo, de manera que si se lo analiza minuciosamente puede contar todos los secretos de su dueño.
El descubrimiento de arsénico en los cabellos de Napoleón llevó de inmediato a pensar en el envenenamiento.
Pero los toxicólogs Smith y Forshufvud querían más muestras de cabello para confirmar los resultados
Para darle más importancia al asunto decidieron dar a conocer a la prensa los resultados científicos de sus primeras investigaciones y aprovecharon para hacerle al público una pregunta: “¿conoce el lector alguna persona que guarde mechones de cabellos del Emperador?”.
La estrategia dio resultado. Unos cuantos días después recibieron la carta de un coleccionista que estaba dispuesto a donar unos cuantos cabellos cortados de la cabeza de Napoleón, dos o tres horas después de su muerte.
El método disponible entonces (1955) para analizar residuos de arsénico era (es) sumamente preciso. Se basaba en convertir el arsénico ordinario en un material radiactivo.
Para ello se toman muestras, en este caso de cabello y se bombardean con neutrones en un reactor nuclear. De esta manera el arsénico ordinario se convierte en arsénico radiactivo, y ahora la intensidad de la radiación puede ser medida por aparatos muy precisos..
De hecho, los cabellos de Napoleón se cortaron en pequeñas secciones, correspondientes a crecimientos semanales, para detectar si el veneno se le suministraba a diario o cada cierto tiempo. Lo cual confirmó que Napoleón recibía cada mes una dosis de arsénico.
Finalmente los investigadores del caso consiguieron algo más que cabellos; obtuvieron una copia del testamento que Napoleón había dictado una semana antes de su muerte, en uno de cuyos párrafos se lee: “Muero no por mi propia muerte, me ha matado la oligarquía inglesa a través de un asesino asalariado”.
EL PRESUNTO...
¿Quién era Charles-Tristan de Montholon?
El general Montholon era de origen aristocrático, amante del lujo y del juego. No poseía ningún mérito militar, pero fue ascendido a General por Luis XVIII, mientras Napoleón se encontraba en su primer destierro en la isla de Elba. Pero después del regresó triunfal del Emperador, Montholon se puso incondicionalmente a sus órdenes.
Tras el desastre de Waterloo y el final del Imperio de los Cien Días, Montholon sorprendió a todos al ofrecerse de voluntario para acompañar a Napoleón en su destierro en la isla de Santa Elena.
Se ganó la voluntad del Emperador y llegó a convertirse en su hombre de confianza (en su testamento Napoleón le legó un millón 500 mil francos, más que a cualquier otro de sus colaboradores).
Para ganarse la confianza del Emperador no dudo en desprestigiar a sus compañeros con falsas acusaciones.
De gran ayuda fue la presencia en la isla de su joven y bella esposa Albine, que tuvo un romance con Napoleón del que nació una hija (se cree que esta relación fue planeada por Montholon).

Además, este señor mantenía vínculos muy estrechos con el conde de Artois, hermano y sucesor de Luis XVIII (que luego reinaría con el nombre de Carlos X) y a quien muchos consideran el verdadero inductor de la muerte de Napoleón..
Por otra parte, Montholon era el responsable de las bodegas donde se almacenaban los alimentos y el vino.
El 30 de abril de 1821, cinco días antes de su muerte, Napoleón entró en un estado de inconsciencia y delirio. Los médicos dictaminan una fuerte oclusión intestinal, y consideran imprescindible el uso de purgantes. Le recetaron calomel y un emético para provocarle el vómito.
Esta decisión fue fatal para Napoleón y providencial para su asesino.
El calomel (cloruro de mercurio) se utilizaba como antiséptico intestinal. Pero si Napoleón estaba recibiendo dosis de arsénico, la mezcla de este último con el mercurio resultaría fatal, sobre todo porque el uso de un vomitivo debilitaría las paredes del estómago, volviéndolo más vulnerable a la absorción del veneno.

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