PIO VII
1800-1823
La situación de la Iglesia era desastrosa a la muerte de Pío VI. Sus estados estaban ocupados en el norte por Austria, en el Sur, incluida Roma, por las tropas napolitanas. Los cardenales lograron reunirse en Venecia, a fines de septiembre de 1799, bajo la protección del emperador Francisco II de Austria, que, después del tratado de Campo Formio se había apoderado de los territorios de la antigua República. Una de las consecuencias de las guerras napoleónicas había sido, en efecto, la desaparción de Venecia, que volvería a ser italiana un siglo más tarde.
El Sacro Colegio, compuesto por 34 cardenales, presididos por el Cardenal Consalvi, se reunió en la Iglesia de San Jorge el Mayor. Después de algunos meses de discusiones, triunfó al final el partido de los "zelanti" y el Cardenal Barnaba Chiaramonte, obispo de Imola, fue elegido el día 17 de marzo de 1800. Uno de los Papas más valerosos y santos de la larga historia pontificia subía al trono de Pedro en una hora difícil para la Iglesia y la cristiandad. Sin embargo, fue Austria la que se opuso a restituir al Papa los territorios que le pertenecían. En cambio, la corte de Nápoles propuso la reconstitución del estado pontificio, con la intención de crear un estado tampón en el centro de Italia, destinado a proteger el reino de las Dos Sicilias ante las claras intenciones de Austria, que pensaba conquistar toda la península. De mala gana, el emperador dio a Pío VII el permiso para regresar a Roma, obligándole a viajar en un viejo barco entre Venecia y Ancona, prohibiéndole atravesar el territorio italiano por miedo a que la población le aclamase como su legítimo soberano.
El 14 de junio de 1800, mientras el Papa desembarcaba, después de un viaje de 12 días, llegaba la noticia de la victoria de Napoleón sobre los austriacos en Marengo. El 3 de julio, Pío VII entraba en Roma, recibido en triunfo por la población, harta de la ocupación napolitana. Con el tratado de Florencia (1801) el Papa volvía a recobrar los territorios ocupados por los napolitanos y Roma respiraba en libertad. Los territorios del norte no fueron nunca cedidos por Napoleón.
Varios historiadores plantearon el problema de la religiosidad de Bonaparte. Al conquistar Egipto, el primer consul se había declarado musulman. Al proyectar más tarde la conquista de Asia, proclamará su intención de ser un buen budista. Después de la victoria de Marengo, de regreso a Francia, Napoleón pasó por Vercelli, donde delcaró al cardenal Martiniana: "Yo quiero la religión en Francia. Quiero hacer tabula rasa de la Iglesia galicana". Es evidente que sus intereses personales dominaron siempre en la conciencia del futuro emperador y que la religión no fue nunca para él más que un medio para conservar el poder, con el fin de mejor dominar a sus súbditos. Católico, budista o musulmán, poco le importaba el título o ritual. De aquí su actitud poco respetuosa para con el Pontífice y su mala voluntad con respecto a los territorios pertenecientes a la Iglesia. Napoleón fue en el fondo el continuador de la revolución francesa, igual que lo habría de ser Stalin de la rusa. Un dictador, dueño de una nación fanatizada por las ideas de 1789 y de un poderoso ejército, hará su política personal, encacuzándolo todo (patria, pueblo y religión) hacia la realización de sus propias ambiciones.
Después de un ultimátum dirigido a Pío VII y de la visita a París del cardenal Consalvi, secretario de Estado, fue firmado un concordato el 15 de julio de 1801. Dicho concordato reconocía que la religión católica era la de la mayoría del pueblo francés, y la de los cónsules. Varios artículos se ocupaban de la condición de los eclesiásticos en Francia, de los bienes de la Iglesia y de la misión del Estado ante la misma. Los obispos eran nombrados por el Gobierno e instituidos por el Papa, según las normas establecidas en Francia antes de la revolcuión. En todas las Iglesias católicas de Francia era obligatoria, durante el servicio divino, una oración que rezaba: "Domine, salvam fac Republicam; Domine, salvos fac consules", fórmula que sería pronto cambiada por "Domine, Salvum fac Imperatorem". El concordato firmado en París, a pesar de sus duras condiciones, dejaba bien establecida la autoridad de la Iglesia y del Papa y sería un modelo para los futuros concordatos establecidos entre la Iglesia y los regímenes revolucionarios que cambiarían el aspecto del mundo y que, igual que el de Napoleón, reconocerían la necesidad de la religión y la primacía del Soberano Pontífice. Los filósofos, amigos de la revolución, no aceptaron de buen agrado el concordato, pero Napoleón tuvo razón cuando dijo: "Los filósofos se reirán, pero Francia me bendecirá".
En 1802 aparecía "El genio del cristianismo", la obra más importante y popular de Chateaubriand, en la que un espíritu de los nuevos tiempos, precursor del romanticismo y enemigo de las luces, hacía el elogio del cristianismo, fundando, de esta manera, una nueva época en la historia cultural de Europa. Gran parte de la escuela romántica será cristiana, y la gente, después de los abusos de la revolución, volverá sus ojos hacia Cristo en un mundo cada vez más necesitado de amor y de comprensión. Todas las grandes reformas sociales y filosóficas del siglo XIX, incluso el marxismo, llevarán el sello verdaderamente recolucionario de la enseñanza cristiana.
En 1802 Napoleón fue nombrado cónsul perpetuo. Poco después, pensando en el imperio de Carlomagno y en su idea de unificación europea, el cónsul quiso ser emperador. Igual que a Cola di Rienzo, fue, en el fondo, el recuerdo mítico del Imperio romano, el que le decidió a dar el gran paso hacia el poder supremo, y también hacia la perdición. Y como el Imperio no podía ser más que uno, Napoleón suprimió en 1806 el Sacro Imperio Romano Germánico, y los Habsburgo tuvieron que contentarse con el título de emperadores. La idea de coronar a Napoleón como emperador de Francia no entusiasmó ni al ejército ni a los ministros. Pero el dictador impuso su voluntad, y el Papa aceptó también la sugerencia de ir a París para coronar el nuevo soberano. El 1 de diciembre de 1804 el cardenal legado bendijo el matrimonio de Napoleón con Josefina, que estaban casados sólo civilmente, y ningún testigo y ningún otro sacerdote asistieron a la ceremonia.
Napoleón pensaba ya en su divorcio y preparaba sus argumentos para poder anular su primer matrimonio. El 2 de diciembre, en medio de un lujo deslumbrante y de un ceremonial verdaderamente imperial, Napoleón entró en la Catedral de Notre-Dame, precedido por la corona, el cetro y la espada de Carlomagno. El Papa ungió a los dos soberanos, pero cuando se preparó para colocarle la corona, Napoleón se la quitó de las manos, infringiendo el ceremonial preestablecido, y se coronó a sí mismo y luego a Josefina. El gesto era simbólico. El emperador no reconocía otro poder en el mundo, ni siquiera espiritual, superior al suyo. Una nueva lucha no tardaría en desencadenarse entre la Iglesia y el Imperio, a pesar de las promesas de Napoleón.
El 26 de mayo de 1805, poco después de regresar Pío VII a Roma, el emperador se hacía coronar en Milán como rey de Italia, igual que aquel que solía llamar "mi predecesor", es decir, Carlomagno. Sin tener en cuenta los artículos del concordato, introdujo en Italia el Código civil, que permitía el divorcio, y nombró a varios obispos a los que el Papa se negó a reconocer. Poco después la marina francesa de guerra ocupaba el puerto de Ancona, perteneciente al estado papal. El mismo año, Napoleón fue vencido por los ingleses en Trafalgar. Una nueva lucha empezaba en el mundo, entre la tierra y el mar. A partir de aquel momento, la preocupación de Napoleón fue la de reclutar ejércitos, en todos los territorios ocupados, para poder llevar la guerra, rodeado como estaba por numerosos enemigos. Lo mismo ocurrió en Italia. El Papa se opuso.
El emperador prosiguió su política, dando pruebas, cada vez más, de que consideraba al Papa como un simple vasallo. "Vuestra Santidad (escribía) es soberano en Roma, pero yo soy el emperador". El Papa constestaba: "Habeis sido elegido, consagrado, coronado y reconocido como emperador de los franceses y no de Roma". Fue Pío VII, en plena decadencia del poder temporal de los Papas, rodeado por las tropas francesas y en la época más gloriosa de Napoléon, la única persona en Europa que osó enfrentarse con el dictador. En 1807 varios territorios pontificios fueron ocupados por los franceses, entre ellos Ancona, Fermo, Urbino y otros. En 1808, el general Miollis ocupaba Roma. Pío VII se retiró al Quirinal y se negó a huir a Nápoles. En 1809 los territorios de la Iglesia eran anexados por los franceses, y Roma era proclamada "ciudad libre e imperial". El Papa sólo conservaba su palacio y le otorgaba una renta de dos millones de francos al año.
El decreto imperial fue puesto en aplicación el día 10 de junio de 1809. La noche siguiente apareció en los muros de la Ciudad Eterna, una protesta del Papa escrita en italiano, y Pío VII lanzó la Bula "Quam memorandum", excomulgando a todos aquellos que cometían actos de violencia contra la Iglesia. La persona de Napoleón no era mencionada en la Bula, pero la intención de la misma era más que evidente. Desde Viena, donde se encontraba, el emperador ordenó que el Papa fuese arrestado. En la noche del 5 de julio de 1809, soldados mandados por el general Radet penetraron en el Quirinal y sometieron al Papa un documento en el que Pío VII tenía que retractarse de la excomunión. "No podemos, no debemos, no queremos", fue la contestación del Papa. Después de bendecir la Ciudad Eterna, Pío VII fue llevado en una carroza y transportado a Savona, cerca de Génova, donde se quedó hasta 1812. El Cardenal Pacca, secretario de Estado, fue encerrado en la fortaleza de Fenestrelle, cerca de Turín. En aquel retiro aumentó el prestigio del Soberano Pontífice, que se negó varias veces a cambiar por París la Sede de Pedro, a cambio de su libertad; mientras, con los años, se apagaba la gloria del emperador.
A principios de 1810, el emperador incurrió en una nueva falta grave a la doctrina y las leyes de la Iglesia, a las que se había comprometido a respetar. Invocando vicios de forma, por él mismo preparados cuando su primer matrimonio, pidió el divorcio. La realidad era que el emperador quería un sucesor, que Josefina no podía darle. El 1 de abril de 1810 fue celebrada en París la boda de Napoléon con María Luisa de Austria. Trece cardenales, de veintiseis, se negaron a asistir a la misma, en señal de protesta, por haberse realizado el matrimonio imperial sin la previa consulta del Papa. Un concilio nacional fue convocado con el fin de despojar al Papa de sus últimas prerrogativas, pero la resistencia del Póntífice que, desde su exilio en Savona, dominaba con su espíritu el lejano concilio y la actitud de varios obispos, hicieron fracasar las reuniones a pesar de la actitud amenazadora de Napoleón.
El 27 de mayo de 1812, mientras preparaba la campaña de Rusia, Napoléon ordenó que el Papa fuese llevado desde Savona a Fontainebleau. Viejo y casi moribundo, Pío VII fue transportado a través de los Alpes, un día hasta se le administró la Extremaunción, temiéndose por su vida, y tuvo que guardar cama durante varios meses antes de que pudiese reponerse. El 19 de enero de 1813, Napoleón fue a visitarle y la entrevista, contada por Alfredo de Vigny en su libro "Servidumbre y grandeza militar", duró cinco días. Napoleón, que había dejado de ser el vencedor y el amo de Europa, trató bien al Pontífice. Logró incluso conseguir su firma para un nuevo concordato, llamado de Fontainebleau, con el que el Papa reconocía al emperador el derecho a nombrar a los obispos en todo el Imperio, con pocas excepciones. Pocos días después, Pío VII se retractó de las concesiones en una carta seguida por un breve. Vencido Napoleón en Leipzig, los aliados entraron en Francia. En el mismo Fontainebleau, donde había querido someter por completo el poder espiritual, Napoleón firmó su abdicación, mientras el Senado proclamaba a Luis XVIII rey de Francia.
Poco antes de su abdicación, el emperador permitió al Papa volver a Savona y restituyó varios territorios a la Iglesia. El día en que el Papa entraba en Bolonia (31 de marzo de 1814), los aliados entraban en París. El 24 de mayo, Pío VII hacía su ingreso triunfal en Roma, donde otorgaba un decreto de amnistía a todos aquellos que los habían traicionado y sobre todo a las familias de la alta aristocracia que habían colaborado con el emperador. Los Borghese, la madre del emperador, Madama Letizia, y el Cardenal Flesh, consiguieron el permiso para establecerse en Roma. Después de la segunda derrota de Napoleón y el período de los cien días, el Papa intervino ante el gobierno inglés en favor del prisionero de Santa Elena. Napoleón falleció el 5 de mayo de 1821, el Papa el 24 de agosto de 1823. Mientras tanto, el congreso de Viena había dado a Europa un nuevo aspecto.
El sepulcro del Papa fue esculpido por el danés Thorwaldsen. Jacques Louis, David y Thomas Lawrence hicieron su retrato. Pocos días antes de su muerte, fue destruida, por un incendio la Basílica de San Pablo, situada en los alrededores de Roma, en la Via Ostiense.