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La Salud de Napoleón en Santa Elena.

(Segunda parte)

Un original pendiente


Betsy llegó a más en este sentido pidiéndole a Napoleón la muela extraída para hacerse con ella un pendiente.
—La idea— comenta en sus memorias —le hizo reír de buena gana, a pesar de sus sufrimientos, y le llevó a comentar que opinaba que a mí jamás me saldrían las muelas del juicio.
No consta que la iniciativa de Betsy prosperara y que consiguiera tan singular trofeo. Más bien Napoleón se salió por la tangente y bromeó a cuenta de su poco juicio, aunque la petición le divirtió.
En aquellos tiempos estaba muy de moda el fetichismo de los recuerdos-reliquia personales, llevándose la palma los mechones de cabello de los seres queridos, guardados por los enamorados de ambos sexos, las madres, etc.
Napoleón concedió numerosas veces semejante donativo piloso a familiares y admiradores, cuando no se lo sustraían devotamente sus ayudas de cámara. Una vez muerto, éstos le raparon la cabeza e hicieron varios lotes con el botín obtenido.
Alguno de ellos se quedó con trozos de las sábanas manchadas con la sangre y los vómitos de sus últimas horas.
El mismo emperador ordenó en su testamento, y así se hizo, que le extrajeran el corazón y conservado en alcohol le fuera enviado a su esposa María Luisa (la cual, por cierto, se entretenía con el conde Neippery, con el cual llegó a tener varios hijos).
Así pues, la petición de la jovencita no era descabellada, y bien hubiera podido la muela de Napoleón acabar ennobleciendo, en forma de dije o pendiente, la pechera de la futura señora de Abell.

El testimonio de Gorrequer


El teniente coronel Gorrequer fue el secretario de sir Hudson Lowe, el gobernador inglés y carcelero de Napoleón en Santa Elena.
Hacia 1912 se subastó en Londres una carta autógrafa de dicho secretario (evidentemente maliciosa) donde se hacía referencia a la famosa extracción.
En ella decía lo siguiente:
"Él (Napoleón) ha perdido recientemente una muela (la del juicio). Fue la primera operación quirúrgica ejecutada en su persona y, en esta circunstancia, su conducta estuvo lejos de ser valerosa. Para poder proceder a la extracción de la muela enferma, el dentista se vio obligado a sujetarlo en el suelo. Tras el episodio se quejó mucho y guardó cama, donde, a pesar del calor, obligó a encender fuego pasando varias horas en un baño a 120º Fahrenheit."
Evidentemente, Gorrequer se recreó describiendo la flaqueza del antiguo emperador de los franceses por el que, igual que su jefe Hudson Lowe, no sentía simpatía alguna (L’Odontologie 15: 11-1912, p. 139).

Deterioro de la salud bucal
Aunque, como he dicho, la salud del exiliado era bastante buena al llegar a Santa Elena, la inactividad y el clima (o el envenenamiento, como veremos) comenzaron a minarla bien pronto.
Ya en mayo de 1816 inició el declive y llamó a O’Meara para quejarse de que sus piernas se negaban a sostenerle, que tenía gota y que el sol le producía dolor de cabeza.
También se quejó de las encías y O’Meara se las reconoció comprobando que las tenía "esponjosas y pálidas" y que sangraban ante el más ligero roce.
Posiblemente esta singular gingivitis (encía "esponjosa y pálida") tuviera algo que ver con la alimentación no muy rica en frutas y verduras frescas durante la larga travesía en barco (tardaron dos meses en llegar) y estancia en una isla donde el consumo de naranjas y limas era un acontecimiento (Napoleón las preparaba personalmente, añadiéndoles azúcar y repartiéndolas entre sus allegados).
El escorbuto o ciertos tipos de avitaminosis eran entonces muy frecuentes entre los marineros y destacamentos insulares incorrectamente avituallados, por lo que nuestro héroe bien pudo padecer algún trastorno semejante.
Lástima que O’Meara no especifique qué tipo de remedios le propuso, aunque de todos modos, Napoleón se negó a tomarlos aduciendo "que la medicina era adecuada para los ancianos".
Tampoco sabemos nada sobre la higiene bucodentria del prisionero. Sí consta que al levantarse se lavaba las manos y la cara y que se hacía frotar el tórax con agua de colonia a modo de revulsivo.
A media mañana tomaba un baño siempre que hubiera montado a caballo previamente.
Pero no consta si se enjuagaba la boca o se cepillaba los dientes.
A principios del siglo XIX en Francia había multitud de colutorios, elixires, opiatas y aguas de boca, una de las cuales, el agua de Botot (L’eau de Botot), ha sobrevivido hasta nuestros días.
Botot, curiosamente, fue secretario de Barrás, el amante de Josefina que precedió a Napoleón en el disfrute de los encantos de la fogosa criolla.
Oportunamente, Botot dejó la política y se dedicó a explotar su colutorio bucal, obteniendo, gracias a él, fama y fortuna.
También se usaba ya el cepillo de dientes que había sustituido a las esponjas y raíces de malva.
¿Emplearía el emperador estos recursos? Desgraciadamente no podemos asegurarlo.
Dos años después, su salud se había deteriorado evidentemente. En el otoño de 1818 se quejaba de dolor en el costado derecho, somnolencia e hinchazón en las piernas.
En este momento, Betsy Bacombe y su familia abandonan la isla y la madre de ésta comenta que la muerte estaba grabada en el rostro del recluso.
El 15 de agosto de 1819 Napoleón cumplió 50 años y su aspecto físico era lamentable, gordo, fofo y débil de cuerpo.
Desde julio de 1818 no tenía médico, pues O’Meara, por enemistad con el gobernador de la isla, Hudson Lowe, había sido devuelto a Londres donde criticó la actuación de este último, lo que le ocasionó su expulsión de la armada, basándose en que era "una persona inadecuada para continuar al servicio de su Majestad".
En septiembre de 1819 llegó un nuevo médico, Francesco Antoninmarchi (1789-1838), un corso que trabajaba en el hospital de Florencia, patólogo y anatomista que había completado el libro sobre la materia de su maestro, Paolo Mascagni, y que pretendió publicarlo en Londres.
Antoninmarchi se encontró a un paciente envejecido prematuramente, obstinado y despectivo hacia los médicos y la medicina.
En octubre de 1820 el "ogro" se desmayó al salir de la bañera y sus síntomas se agudizaron (palpitaciones cardiacas, pulso débil e irregular, dolores y frío en las piernas, dolor en el hígado, hombros y espalda; tos seca, sordera, náuseas, etc.).
A todo esto se añade "dentadura floja y lengua pastosa".
La dentadura floja o piorreica (los franceses la llamarían enfermedad de Fauchard, la sinonimia es infinita) sería la consecuencia despiadada de las anteriores "encías sangrantes", de la ominosa concatenación gingivitis-periodontitis y paradontosis final.
Ya en aquellos momentos había que buscar carnes blandas para que Napoleón pudiera masticarlas adecuadamente.

Desconfianza


En el segundo trimestre de 1821 Napoleón agonizaba en Santa Elena.
Se moría y seguía protestando contra los médicos.
—Guárdese sus medicinas.— le decía a Antoninmarchi —No quiero tener dos enfermedades: la que tengo y la que usted me provocará.
Pero es que, además, tenía miedo de que lo envenenaran. Siempre lo tuvo desde que los Borbones y otros enemigos tramaron complicados complots para liquidarlo.
El envenenamiento estaba a la orden del día en Europa y con una novedad, el arsénico en pequeñas dosis, con lo que se intentaba conseguir el crimen perfecto.
Esto había hecho la marquesa de Brinvilliers llevándose por delante a un buen número de personas, incluido su padre y dos hermanos, aunque acabó en manos de la justicia y, posteriormente, decapitada de forma ejemplar.
Su historia constituyó un auténtico culebrón que se leyó en toda Europa con estremecida atención.
¿Fue Napoleón realmente envenenado con arsénico?

Un odontólogo responde ante la historia


La hipótesis (o, mejor dicho, certeza, dada la contundencia de los datos) del envenenamiento con arsénico de Napoleón Bonaparte la sostuvo e investigó precisamente un odontólogo, el doctor Sten Forshufvud, de Göteborg (Suecia).
Nacido a principios del siglo XX, se caracterizó por su espíritu crítico y su mente original.
Profesionalmente, por ejemplo, sostuvo que el esmalte dental no era un tejido muerto, sino vivo, alimentado por vasos sanguíneos a los que llamó ultracapilares.
Basándose en esto dedujo que las caries infantiles podían curarse con una alimentación adecuada.
Semejante teoría publicada en el Acta Odontológica Escandinava y en los Anales d’Anatomie Pathologique entró en colisión con la ciencia oficial, lo que le acarreó fama de heterodoxo disidente.
Sin embargo, esas insidias pudieron bien poco ante su carácter firme y siguió dedicado a su trabajo y a dos aficiones colaterales, la toxicología y el culto a Napoleón.
Vivía rodeado de objetos, ilustraciones y libros sobre tan notorio personaje.
El azar quiso que en 1955 se publicaran las memorias de Louis Marchand, ayuda de cámara del emperador de los franceses.
Hasta ese momento había varias hipótesis sobre la causa de la muerte de Napoleón, acaecida cuando contaba tan sólo 52 años de edad.
Algunos sostenían que de úlcera cancerosa de estómago, otros que de hepatitis, otros que de alguna enfermedad tropical.
Sin embargo, en las memorias de Marchand había datos para pensar en un envenenamiento crónico y, en concreto, por arsénico.
Así al menos lo pensó Forshufvud y, desde ese momento, se propuso demostrarlo.
Para ello contó con el reciente hallazgo de Hamilton Smith que permitíta, mediante bombardeo nuclear, medir la cantidad de arsénico presente en el cabello de cualquier persona.
Hasta ese momento, se necesitaban cinco gramos de pelo o cinco mil hebras para conseguirlo. Ahora con una sola podía saberse.
Forshufvud, tras complicados avatares, consiguió varias muestras de cabellos de Napoleón, los cuales dieron altísimas proporciones de arsénico (lo normal es que aparezcan 0,8 partes por millón y algunas dieron hasta cerca de 60 y 70 partes por millón), lo que confirmaba analíticamente la presencia de 22 síntomas clínicos presentes en la intoxicación crónica por arsénico (insomnio y voracidad alternando con somnolencia y falta de apetito, pérdida de vello corporal, hinchazón de piernas, dolores generalizados, vómitos, etc.).
Como suele ocurrir en estos casos, la teoría del dentista de Göteborg no fue admitida unánimemente por los eruditos sobre Napoleón. Particularmente, los franceses se mostraron escépticos, sobre todo porque Forshufvud señaló a la casa Borbón como instigadora de este lento crimen.
Acertada o no, la intuición de nuestro colega es sugestiva y basada en datos científicos (aunque la interpretación de los mismos pueda llevar a conclusiones diferentes). Congratulémonos, pues, de que un odontólogo haya terciado en tan altos asuntos de carácter histórico.

 

 

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