La Coronacion de Napoleón
A propuesta del tribuno Curée, el 3 de mayo de 1804, el Tribunato debió votar la aprobación de una triple moción: concesión al Cónsul Bonaparte del título de Emperador de la República Francesa; concesión de la heredabilidad del título y del poder que implicaba a su familia; salvaguardia de la libertad, de la igualdad y de los derechos del pueblo. Sólo Carnot votó contra la moción. El 18 de mayo también el Senado dio su aprobación. El 22 de mayo los electores inscritos fueron a las urnas. El resultado se publicó sólo seis días antes de la fecha fijada para la coronación (2 de diciembre de 1804): 3.5772.329 sí, 2.579 no.
Napoleón recurrió a menudo a los plebiscitos. En estos, en efecto, podía reconocerse el presupuesto fundamental de la Revolución francesa y por lo tanto la soberanía del pueblo. En realidad, Napoleón lo usó como un instrumento para doblegar al pueblo en su propio favor. Los diplomáticos empezaron a trabajar para convencer a Pío VII de que fuera a París. Mientras los cardenales austríacos se esforzaban por hacer aparecer como sacrílega la propuesta, los franceses la presentaban como un acto de sumisión de la Revolución a la Iglesia católica, del iluminismo a la verdadera fe.
El papa pensó en sus propios intereses: si consentía, podría pedir la restitución de otra parte de las tierras que le habían arrebatado los soldados franceses. Su viaje duró del 2 al 25 de noviembre: Napoleón abandonó los preparativos de la gran fiesta y fue a recibirlo a Fontaineblau.
Cuando encontró al pontífice, Josefina le informó que ella y Napoleón no estaban unidos en matrimonio religioso. Al hacer esto, la futura emperatriz, ya no segura de los poderes de sus propios encantos, buscaba una ulterior garantía contra la posibilidad del divorcio. El papa prometió que colmaría esa laguna antes de la coronación.
El evento movilizó a poetas para escribir, pintores para pintar, sastres y modistas para armar la ceremonia más importante del siglo. Fueron días de pruebas agotadoras, enervantes: todo se repasó, se repitió, se revisó; todo estaba programado, comprobado y previsto. ¡Y luego el gran día!
Una docena de cortejos partieron de distintos puntos de la ciudad para converger en la catedral de Notre-Dame. Desfilaron durante horas antes de llegar a la iglesia colmada de invitados llegados de todas partes de Francia. Napoleón estaba vestido de terciopelo púrpura, con bordados de oro y piedras. Josefina aparentaba veinte años en vez de sus cuarenta y uno. El papa, sentado en un trono a la izquierda del altar, se levantó mientras la futura pareja imperial ocupaba su lugar según el rígido ceremonial: Napoleón cinco escalones más arriba que Josefina. El papa subió al altar, ellos se le unieron y él los consagró y bendijo. Luego bajaron hacia el general Kellerman que tenía una bandeja con las dos coronas. Napoleón, de pie, se coronó a sí mismo, luego a Josefina arrodillada, con un ceremonial que erróneamente se consideraba la repetición del que había tendio como protagonista a Carlomagno mil años antes. Un estupor escandalizado recorrió la basílica. El papa reaccionó abandonando el altar con sus obispos mientras el nuevo emperador juraba defender los Artículos Orgánicos y la libertad de culto prevista por la Constitución. En el Carrusel, frente a las Tullerías, apareció un cartel:
"Hoy los Comediantes Imperiales ofrecerán su primera representación de ‘El emperador, pese a todo el mundo’ seguido por ‘El consenso forzoso’. El espectáculo será a beneficio de una familia indigente".
| Era la voz del pueblo y ya se sabe que la voz del pueblo es la voz de Dios. La "sagrada representación" con las subsiguientes ceremonias y los encuentros diplomáticos entre Napoleón y el pacientísimo papa, duró cuatro meses, hasta que, viendo que su antagonista se mantenía cortésmente inamovible en hacerle concesiones, el pontífice decidió volver a Roma. Napoleón era emperador pero según el texto de la moción votada por el Tribunato y Senado, de la "República Francesa". Fue una ficción de breve duración: después de tres años, el Tribunato dejó de existir. |
Entre la "Sagrada Majestad Imperial" y los "ciudadanos" se había cavado un abismo, mucho más inconcebible por el hecho de que hasta el día precedente a la coronación, aún la "Sagrada Majestad Imperial" era un "ciudadano". Napoleón, experto conocedor de los hombres, sabía que la satisfacción de la vanidad desdramatizaba muchas situaciones. Los "ciudadanos" más íntimos (hermanos y hermanas) se convirtieron en príncipes y "Vuestra Alteza", vinculados a la sucesión al trono (exceptuando Luciano que había desobedecido al hermano al casarse con una divorciada); para los otros el Emperador estableció un buen número de "dignidades imperiales", tanto civiles como militares: "Gran Elector", "Gran Canciller", "Condestable", "Gran Almirante", "Limosnero", "Gran Chambelán", "Gran Mariscal"... en espera de formar una nueva aristocracia del Imperio, que comprendía a reyes, duques, condes y barones (desde 1806). La antigua nobleza no fue reintegrada a sus títulos tradicionales, pero se sintió feliz de aceptar los nuevos cargos de la corte unidos a magníficos reconocimientos económicos.
La que no participó en la gran fiesta, como siempre, fue la gran masa de la población; para ella, la marginada, el Imperio significó principalmente el incremento del reclutamiento: a gloria de las clases superiores siempre ha sido edificada sobre la carne de cañón sin nombre ni título.
Desde hacía dos años, después de la declaración de guerra de Inglaterra, Europa estaba en paz, una paz dedicada en los dos campos enemigos a laboriosos preparativos que ya podían considerarse concluidos.
