La campaña de Rusia y el hundimiento del imperio napoleónico
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Desde el punto de vista diplomático, asegurando alianzas o neutralidades. Francia impuso a Prusia y a Austria la colaboración armada (20.000 y 30.000 hombres, respectivamente). Rusia consiguió asegurar la neutralidad de Suecia (abril de 1812) y de Turquía (tratado de Bucarest, mayo de 1812), en este caso al renunciar a Moldavia y Valaquia.
Militarmente, poniendo Francia en pie de guerra un colosal ejército de unos 650.000 hombres. Pero, la dimensión de esta Grande Armée
conllevaba inconvenientes: minoritaria participación francesa (sólo 1/3), difícil maniobrabilidad de unos efectivos tan amplios y heterogéneos, problemas de abastecimiento. Rusia, con efectivos menores, se vio obligada a plantear una campaña defensiva. Desde que la Grande Armée cruza el Niemen (junio de 1812), Napoleón esperaba aniquilar a su adversario en una campaña rápida e imponerle la paz. Pero los rusos evitan enfrentamiento directo y el ejército napoleónico comienza a deshacerse a resultas de las enfermedades y la falta de abastecimientos. La victoria de Borodino (setiembre de 1812), único enfrentamiento serio, permitió ocupar una Moscú previamente incendiada, pero ello no forzó a los rusos a negociar, por lo que, ante la inminencia del invierno, las tropas napoleónicas tuvieron que emprender una retirada penosa, durante la cual, víctimas del frío y de los hostigamientos, perdieron la mayor parte de sus efectivos: únicamente 100.000 soldados consiguieron cruzar el Niemen, de vuelta a Polonia.
Aunque Napoleón entró en París, precedido de un propagandístico "Boletín" de la Grande Armée ("Jamás la salud del Emperador ha sido mejor"), lo cierto es que el fracaso de la campaña de Rusia dejaba la máquina militar del Imperio en una situación precaria, pues era necesario reponer las pérdidas sufridas y los nuevos soldados carecían de experiencia, reducía la confianza hacia el emperador de aliados y súbditos y estimulaba a sus enemigos. Estas circunstancias, unidas a la negativa de Napoleón a efectuar concesiones, acabaron propiciando su derrota.

El ejército ruso tampoco estaba en condiciones de continuar la guerra en la Europa Central en solitario, pero vino en su ayuda Prusia, donde el sentimiento patriótico había prendido desde años atrás y, a su amparo, se habían realizado reformas en la sociedad y en el ejército, que aumentaron su eficacia militar. Prusia declaró la guerra a Francia (marzo de 1813), en alianza con Rusia, si bien el llamamiento de ambas potencias a Alemania no encontró eco en unos estados temerosos de un movimiento a destiempo. Tampoco Austria se quiso comprometer abiertamente, a la espera de negociar ventajosamente su neutralidad.
La campaña napoleónica contra rusos y prusianos fue brillante (victorias de Lützen y Bautzen, en mayo de 1813), pero la falta de caballería impidió a los franceses obtener ventajas decisivas. En tal situación, el armisticio propuesto por Austria (Pleiswitz, junio de 1813) fue bien recibido de una y otra parte. Si Napoleón esperaba ganar tiempo para reforzar su ejército, sus adversarios iban a sacar mayores ventajas. Gran Bretaña, revitalizada su economía tras el cese del bloqueo y con Castlereagh, seguidor de Pitt, como ministro de Asuntos Exteriores, se unió a la alianza rusoprusiana, lo que también hicieron Austria y Suecia. Entre tanto, la situación en la península Ibérica, que ya se iba deteriorando desde 1812, se había hecho insostenible para los franceses tras la derrota de Vitoria (junio de 1813).
El enfrentamiento entre las tropas napoleónicas y las de la Sexta Coalición tuvo lugar en Alemania (batalla de Leipzig, octubre de 1813), en condiciones de ligera superioridad numérica para los aliados. La victoria aliada supuso el derrumbamiento del poder napoleónico en Alemania y la retirada de los restos del ejército francés al otro lado del Rin. La invasión francesa era sólo cuestión de tiempo si los aliados se mantenían unidos, sin que fuese de temer una reacción patriótica similar a la de 1793, pues ahora el cansancio de la guerra entre la población francesa, agotada por las exigencias en dinero y hombres, no hacía previsible una defensa a ultranza del Imperio. Mientras, éste se iba descomponiendo: establecimiento de un gobierno provisional en Holanda (noviembre de 1813), rechazo por parte de Suiza del Acta de Mediación (diciembre de 1813), reposición de Fernando VII en el trono español (tratado de Valençay, diciembre de 1813), defección de Murat en Nápoles, que se alió con Austria para salvar su trono (enero de 1814).
Ante tropas muy superiores y sin el respaldo unánime de los franceses, la resistencia de Napoleón estaba condenada al fracaso. Mientras, los aliados, a iniciativa de Castlereagh, llegaron a acuerdo sobre las futuras fronteras de Francia (febrero de 1814, Châtillon-sur-Seine), reducidas a los límites de 1792. Poco después (marzo de 1814, Chaumont) Gran Bretaña, Prusia, Rusia y Austria firmaron un tratado de alianza, comprometiéndose a aportar 150.000 hombres cada uno en la ofensiva final contra Napoleón, a no establecer una paz por separado y a reconocer la validez de los cambios que habían surgido de la desintegración del Imperio. Quedaba por resolver la sucesión política en F. De entre las varias opciones que se barajaron se acabó imponiendo el restablecimiento de los Borbones, que ofrecía las ventajas de la legitimidad monárquica y de la concordancia entre los nuevos límites territoriales y los existentes antes de la supresión de la monarquía.
La caída de Napoleón se produjo en las siguientes semanas, acelerada por la defección de gran parte de la élite imperial, enriquecida y ennoblecida durante el régimen, que no estaba dispuesta a arriesgarlo todo por fidelidad al Emperador. El 6 de abril 1814 se producía la abdicación de Napoleón, formalizada poco después (11 de abril) en el tratado de Fontenaibleau. El ex-emperador recibía la isla de Elba, en la costa occidental italiana, no lejos de su Córcega natal, y Luis XVIII (hermano de Luis XVI) era reconocido como rey de Francia.
El retorno temporal de Napoleón (los "Cien Días": 1 de marzo de 1815 a 22 de junio de 1815), aprovechando la facilidad de movimientos de que gozaba en Elba y el tirón popular que tenía entre muchos franceses, no alteró sustancialmente la situación. La experiencia, clausurada militarmente con la batalla de Waterloo (junio de 1815), supuso para Napoleón el cambio de la cómoda reclusión en el Mediterráneo italiano por el remoto confinamiento en la isla atlántica de Santa Helena, muy lejos de la Europa que tanto había convulsionado. Tras este período, el segundo tratado de París, en setiembre de 1815 (el primero se había celebrado en mayo de 1814, tras la primera capitulación de Napoleón) impuso a Francia unas condiciones de paz algo más duras, pero no draconianas: recorte de algunas plazas fronterizas (pérdida de 5.000 km2 y 300.000 hbs); indemnización de 700 millones de francos (aproximadamente, los ingresos del estado francés durante un año) y presencia militar aliada en el noreste del país para asegurarse el cumplimiento de la indemnizació
n. Por entonces, el nuevo orden que se estaba construyendo en Viena ya había asignado a la monárquica Francia un papel importante en el tablero de la Europa de la Restauración.