El apogeo del imperio Napoleónico...
La lucha entre Francia y Gran Bretaña acabó convirtiéndose en la Tercera Coalición antifrancesa (verano de 1805). Gran Bretaña contó para ello con la ayuda de la propia conducta francesa, que sembró inquietud entre las potencias continentales: la captura, en territorio extranjero, y posterior asesinato del duque de Enghien (1804), acusado sin pruebas de la participación en un complot antinapoleónico, fue un síntoma de la determinación del régimen en no detenerse en medios para acallar la oposición interna; las disposiciones tomadas en política exterior parecían demostrar similar determinación en la prosecución de una línea expansionista: conversión de la República de Italia en monarquía hereditaria, de la que se hizo coronar rey Napoleón (mayo 1805), delegando en Eugenio, hijastro de Napoleón, como virrey; concesión a su cuñado Felice Baciocchi, casado con su hermana Elisa, de los principados de Piombino (1805) y Lucca (1806); anexión de Génova al imperio francés (junio 1805).
Esta prepotencia facilitó que Rusia, Austria y Nápoles se alineasen con Gran Bretaña, como también lo hizo Suecia, esta última presionada por los británicos y rusos, que le amenazaron con el bloqueo marítimo y la ocupación de Finlandia. Por el contrario, los estados alemanes del sur, beneficiados en 1803 por su acercamiento a Francia, se unieron a ésta ante la inminente guerra, mientras Prusia mantuvo una difícil neutralidad.
La rapidez de movimientos del ejército francés fue decisiva, al impedir la completa unión de las fuerzas austríacas y rusas, derrotando primero a los austriacos (Ulm, octubre de 1805) y después a las tropas austrorrusas (Austerlitz, diciembre de 1805). Austria se vio obligada a firmar la paz (Presburgo, diciembre de 1805), con duras condiciones que significaron la desaparición de su influencia en Italia y Alemania: pérdida de Venecia, Istria y Dalmacia (incorporadas al reino de Italia); concesiones territoriales a los estados alemanes aliados de Francia. Desde esta más sólida posición, Napoleón estuvo en disposición de efectuar un reordenamiento del espacio alemán e italiano, que en parte se concretó en el asentamiento de miembros de su familia en nuevos estados. En Alemania, Prusia se vio forzada a aceptar Hannover (antigua posesión del monarca británico) a cambio de ceder el ducado de Cléveris, cercano al Rin, que junto con el ducado de Berg (hasta entonces pertenencia de Baviera) conformaron el nuevo Gran ducado de Berg, concedido a su cuñado Murat. Poco después (julio de 1806), se creaba la Confederación del Rin (16 estados alemanes confederados, en alianza militar con Francia), con Napoleón de protector, y con la exclusión de Prusia y Austria. Era el fin del venerable Sacro Imperio Romano Germánico. En Italia lo más importante fue la expulsión de los Borbones de Nápoles, reino concedido a su hermano José (1806); junto con la entrega a sus hermanas Elisa y Paulina de los principados de Piombino y Lucca (1805-1806) y Guastalla (1806) y la elevación de su hijastro Eugenio a virrey de Italia (1805), Italia quedaba mayoritariamente controlada por miembros del clan familiar. El acceso al poder de los napoleónidas se completó, en 1806, con la creación del reino de Holanda para el hermano menor, Luis.
La derrota austriaca había desarticulado la coalición antifrancesa, sin que por ello Gran Bretaña y Rusia firmasen la paz. Antes al contrario, las hostilidades se reanimaron con la entrada en la alianza de Prusia, al lado de rusos y británicos (Cuarta Coalición), temerosa de verse casi rodeada por un imperio francés que ya le había expulsado hacia el este. El ultimátum prusiano para la retirada de Francia al otro lado del Rin desencadenó una nueva guerra que, en poco más de medio año (entre octubre de 1806 y junio de 1807) y a lo largo de dos fases, supuso la victoria francesa sobre Prusia y Rusia. La primera fase (octubre de 1806) se saldó con aplastantes victorias francesas sobre
el ejército prusiano (Iena y Auerstaedt). El enfrentamiento entre Francia y Rusia sobre territorio polaco, más largo e incierto, acabó en triunfo francés primero y en un acuerdo global después (tratado de Tilsit, julio de 1807), por el que ambos contendientes imponían su hegemonía sobre el resto de Europa. Los términos del tratado preveían la incorporación de Rusia al bloqueo continental contra Gran Bretaña, a cambio de compensaciones a costa del Imperio turco (Moldavia y Valaquia) y de Suecia (Finlandia) y el reconocimiento ruso del nuevo reino de Westfalia (concedido a otro hermano de Napoleón, Jerónimo), creado sobre territorios de estados alemanes del centro-norte aliados de Prusia. El estado prusiano, el gran perdedor, subsistía pero a costa de perder la mitad de su población y de su territorio, parte del cual servía para crear el Gran Ducado de Varsovia, confiado al rey de Sajonia y por ello ligado a la Confederación del Rin.
La alianza franco-rusa de Tilsit permitió a Napoleón concentrarse en la lucha contra el principal adversario del imperio, Gran Bretaña. Para derrotarlo el camino a seguir era el de la asfixia a través del bloqueo comercial (implantado por el decreto de Berlín, en noviembre de 1806), que se suponía que acabaría provocando una crisis económica generalizada y trastornos revolucionarios. Pero, para su efectividad, el bloqueo tenía que ser completo, sin resquicios para el contrabando y sin zonas libres de la costa europea accesibles a la marina británica, lo cual exigía el control del perímetro costero del continente y la persecución del tráfico ilegal. La búsqueda de un bloqueo bajo tales condiciones dio lugar a resultados indeseados, pues: a) desarticuló las economías relacionadas con Gran Bretaña (Francia no consiguió sustituir a aquélla como suministrador y comprador, pero se benefició de la desaparición de un competidor) y propició el sentimiento antinapoleónico en territorios aliados u ocupados y la negativa a unirse al bloqueo en los países independientes; b) para asegurar el cumplimiento bloqueo el Imperio realizó una política de anexiones, que aumentaron la desconfianza hacia Francia y acabaron conduciendo a nuevas guerras. A la larga, las consecuencias del bloqueo fueron desastrosas para Francia: no consiguió su propósito de dominar a Gran Bretaña y resultó en buena medida responsable de las fatales invasiones de España (1808) y Rusia (1812).
La intervención en la península Ibérica se planteó inicialmente como operación destinada a acabar con la independencia de Portugal, ligado a Gran Bretaña y por tanto no dispuesto a aplicar el bloqueo. De acuerdo con España (tratado de Fontainebleau, octubre de 1807) las tropas francesas entraron en Portugal y ocuparon Lisboa (noviembre de 1807). La presencia francesa en la Península ibérica acabó derivando en la ocupación de España, seducido Napoleón por las aparentes facilidades que la rivalidad entre el monarca Carlos IV y su hijo Fernando concedían a la empresa. El trono español pasó al hermano mayor de Bonaparte, José, (que a su vez cedió el trono napolitano a su cuñado Murat) pero el nuevo monarca tuvo que hacer frente a una insurrección antifrancesa que derivó en una guerra prolongada que fue minando las fuerzas del imperio napoleónico. De momento, hizo necesario el envío a España de la Grande Armée (noviembre de 180), lo mejor del ejército imperial, con Napoleón al frente, para acabar con la rebelión y expulsar al ejército inglés que había desembarcado en la península.
Esta circunstancia la aprovechó Austria, también descontenta con el bloqueo porque le afectaba negativamente la interrupción del tráfico entre el litoral adriático (Trieste) y Europa central, para entrar en una nueva guerra contra Francia, en alianza con Gran Bretaña (Quinta Coalición). Napoleón tuvo que abandonar precipitadamente el territorio español con parte del ejército para enfrentarse a los austriacos, a quienes consiguió vencer, aunque de forma más difícil y costosa que en la anterior confrontación, en la batalla de Wagram (julio de 1809), aunque la victoria no aseguró el apaciguamiento, pues el dominio dependía cada vez más de la presencia militar, como se encargaron de demostrar la insurrección en Tirol y los amagos de sublevación en Alemania. La paz de Schönbrunn (o tratado de Viena), firmada en octubre de 1809, estableció condiciones rigurosas para Austria, que perdía cerca de cuatro millones de habitantes (aproximadamente 1/6 de su población) y se veía privada del acceso al mar (cesión del litoral Adriático a Francia), así como de Salzburgo (a Baviera) y de Galitzia (repartida entre el Gran Ducado de Varsovia y Rusia).
Esta nueva victoria, junto con la estabilización de la guerra en la península Ibérica, permitió a Napoleón plantearse la consolidación del imperio y su ulterior reorientación. Es en este contexto en el que hay que situar la sucesión imperial: Bonaparte no tenía hijos de su matrimonio con Josefina, tras más de doce años de casados, aunque ambos tenían hijos de anteriores relaciones (Josefina, de su anterior matrimonio; Napoleón, en 1807, de su relación con la noble polaca María Walewsca). La anterior paternidad de Bonaparte parecía asegurar la posibilidad de tener heredero, siempre que se divorciase de Josefina, cosa que hará en 1809, y contrajese nuevo matrimonio. En este caso, podría enlazar con alguna familia real. El realismo del ministro austriaco Metternich, que creía conveniente, aunque de forma provisional, una alianza con Napoleón dada la debilidad de Austria, facilitó la boda con María Luisa (1810), hija del emperador Francisco I. Un año más tarde nacía el heredero.
La opción dinástica de Napoleón tuvo notables consecuencias: el enlace imperial --con la carga simbólica de ser otra Habsburgo quien venía a sustituir a María Antonieta menos de veinte años después de haber sido guillotinada por la revolución-- representaba un nuevo alejamiento de Napoleón de los principios revolucionarios, produjo descontento en el clan familiar, que se veía relegado por inesperados miembros, e influyó sobre el carácter del imperio. Ya, antes del Imperio, éste se orientaba desde la federación según el modelo carolingio (un eje París-Frankfurt-Milán, con el emperador como soberano de los reyes europeos, entre ellos los monarcas de su familia) hacia un carácter unitario (de acuerdo con el modelo del imperio romano), con centro en París, porque desagradaba a Napoleón la actuación de los miembros de su familia, más independiente de lo deseado, y deseaba acabar con el nacionalismo emergente en los reinos de Italia, Westfalia, Holanda y Nápoles. Tras el matrimonio y el nacimiento del heredero, se acentuó el carácter unitario y dinástico del Imperio: Roma sirvió de referencia histórica (el heredero fue nombrado rey de Roma en 1811) y las nuevas conquistas napoleónicas se unieron directamente al Imperio.
Si el matrimonio con la hija del emperador austriaco ayudó a la consolidación del Imperio, el distanciamiento de Rusia aportó un nuevo factor de inestabilidad. El empeoramiento de las relaciones francorusas obedecía a factores económicos y políticos. Entre los primeros hay que tener en cuenta el perjuicio que causaba a Rusia el funcionamiento del bloqueo, pues desarticulaba las relaciones comerciales entre rusobritánicas --exportaciones rusas de trigo y de suministros navales--, sin sustituirlas por otras válidas, pues Francia apenas importaba productos rusos y tampoco exportaba a Rusia manufacturas en cantidad y variedad suficiente. Entre los factores políticos destaca el descontento ruso por la creciente presencia francesa en el Gran Ducado de Varsovia, por la negativa francesa a aceptar un incremento paralelo de la influencia rusa en el Imperio

turco y por las anexiones francesas de los Estados Pontificios (ocupados en 1808 e incorporados al Imperio en 1809), del reino de Holanda (en 1810, tras la abdicación de Luis Bonaparte) y de los territorios alemanes del mar del Norte (diciembre de 1810), motivadas por el deseo de asegurar una mayor efectividad del bloqueo.